BAR FINAL FELIZ

El bar estaba casi lleno. Verdaderamente animado, por una vez. Al parecer, la oferta del tres por uno había funcionado mejor de lo que esperábamos. Paseaba por el local, con un habano entre los labios y saludando a la clientela, cuando se me acercó el encargado. Y parecía tan alterado como si los tanques rusos estuvieran entrando por la Diagonal.

–En la puerta tenemos un tipo muy extraño –dijo–. Va vestido con calzón corto, sostiene un lirio en la mano y no para de decir cosas ingeniosas a los porteros para que le dejen entrar. Si sigue así le van a hacer una cara nueva.

–Es Oscar. Acaba de salir de la trena.

–Entre nosotros, señor Gómez. Parece un poco… de la acera de enfrente.

–Dadle la mejor mesa y ponedle una botella de absenta a cuenta de la casa. No creo que el pobre viva mucho.

–Y junto a la barra –continuó el encargado– tenemos a un francés que no para de gritar disparates y romper cosas. Dice que los chinos van a apoderarse del mundo. Está asustando a la poca clientela decente que hay.

–Céline, se llama Céline. Está loco, pero escribió la mejor novela del siglo XX. Barra libre para él… Por cierto, te dije que no quería clientela decente.

Pero mi encargado estaba frenético.

–Y ese otro chalado: delirando acerca del universo y recitando poemas que ponen los pelos de punta. Y amenaza con su bastón a quien se atreve a llevarle la contraria.

–Es Poe. No ha superado la pérdida de su mujer. Ponle todo el ron que pida.

–Parece que han venido todos los mendigos y gorrones de la ciudad al ver nuestra oferta. Tenemos hasta uno escondido debajo de la mesa.

–Ese Salinger… Siempre tan esquivo.

–Y el señor Fausto Estepa. Dándole al mezcal, diciendo todas esas cosas sobre la muerte y negándose a saludar a los clientes vips.

Entonces mis ojos se posaron en una dama de mirada extraviada. Enormemente guapa. Una de esas bellezas atormentadas que de joven me volvían medio loco. Me acerqué hasta su mesa.

–¿Zelda? –inquirí–. ¿Zelda Fitzgerald?

–¿Tienes veinte dólares para prestarme? –me preguntó–. He de pagarle a mi chófer.

Le di lo que llevaba encima. Mi último billete en realidad. Tiempos jodidos hasta para los emprendedores como yo.

–¿Ha venido tu marido? –le pregunté.

–Está pidiéndole un anticipo a su agente –dijo mientras paseaba sus ojos por mi garito, sin esconder una mueca de disgusto al hacerlo–.  Este bar es realmente asqueroso. No tiene la menor clase.

–Me alegro de que te guste. Lo diseñamos nosotros mismos.

–Le falta estilo.

–Todos tenemos una pesada cruz que arrastrar.

–Casi prefiero mi psiquiátrico a este antro –concluyó.

La conversación parecía haberse agotado entre nosotros. Bueno, Zelda había sido lo mejor de la noche; casi diría, para mi desgracia, que de varias noches. Pero el deber es el deber.

–Diviértete, preciosa –me despedí–. Y ándate con ojo si ves un incendio.

Seguí paseando por nuestros dominios, más orgulloso de lo que había estado desde que aprobé matemáticas en sexto de EGB. Pasé por delante de la ruleta y saludé a un fulano que no paraba de perder:

–Si se te acaba el crédito, Fedor, ve a pedirle unos rublos a mi contable –le dije.

Pero el ruso estaba tan embebido en el juego que ni siquiera me escuchó.

Al cabo, fui yo quien llamó al encargado.

–¿Quienes son los sujetos, vestidos de manera calculadamente informal, que están en esa mesa discutiendo sobre literatura?

–Los mejores clientes de la casa, señor Gómez. Son nuestros periodistas digitales. Los más firmes valores literarios de este país: progresistas, comedidos, cultos, corteses, críticos, divertidos, un poco ácidos… Y, a diferencia de los otros, pagan religiosamente sus consumiciones.

–Cóbrales lo que se están tomando ahora mismo y luego mandas a los porteros que los echen a patadas. Si se ponen flamencos, que les den un buen currito y los abandonen en el callejón trasero. Parecen todos maricas, joder.

–Pero si son los únicos que pagan…

Cogí a mi encargado por las solapas y le propiné un rodillazo en sus partes. De los buenos. Había deseado hacer eso desde el mismo día que lo contraté.

–¡Maldito cabrón! ¡Te he dicho mil veces que no contradigas mis órdenes! ¡A la puta calle con ellos!

Pero mi encargado estaba en el suelo, retorciéndose de dolor. Cuesta encontrar empleados diligentes en nuestros días… En ese momento vi a un anciano con aspecto bonachón sentado en una de las mesas del fondo. Inspeccionaba todo lo que había a su alrededor con aire divertido. Lo reconocí al instante y me aproximé hasta donde se encontraba.

–Señor Vonnegut –le dije, conteniendo a duras penas la emoción–. Es un honor para este humilde local tenerle aquí. Pensaba que había muerto.

–¿Muerto? No, no. Era sólo un rumor. Nosotros nunca morimos.

–Si supiera lo que he disfrutado con sus libros desde que era niño. Todo el asunto de Dresde, y Kilgore Trout, y la fortuna Rosewater…

Mis palabras fueron ahogadas por un disparo, y un fulano cayó al suelo con una herida en la cabeza.

–¿Quién es ése? –preguntó el señor Vonnegut.

–Se llama… Se llamaba Larra. Un enamorado que se metió en política, y ya ve cómo le ha ido.

Entonces se encendieron de golpe las luces del local y entraron todos aquellos policías, arma en mano y dando gritos. Nuestra selecta clientela se abalanzó en estampida hacia la salida de emergencia mientras la pasma comenzaba a practicar detenciones y repartir gomazos a diestro y siniestro. Saltaba a la vista que se nos había pasado darle a alguien su tres por ciento mensual.

Poco después nos encontrábamos esposados y camino de comisaría en un furgón policial. Los periodistas digitales y el encargado nos habían denunciado por brutalidad; pero además estaban las bebidas de garrafa, el juego ilegal, y algunos pecadillos inconfesables más… Nos iba a caer un buen paquete, sin ninguna duda.

El negocio se había ido a la mierda. Y la clientela con él.