EL HOMBRE EN LA VENTANA

Jamás tuve problemas de insomnio, pero fue mudarme a un nuevo piso y empezar a padecerlos. Como no soy partidario de tomar somníferos ni relajantes musculares, lo único que se me ocurrió fue dar un paseo después de cenar. Alrededor de las once de la noche salía a la calle y caminaba aproximadamente una hora. En ocasiones lo hacía en línea recta y otras describía un círculo. Lo único que pretendía era cansarme, andar lo  suficiente como para poder dormir. Esa parte de la ciudad carece por completo de vida nocturna. En mis paseos me cruzaba con pocas personas: algún tipo solitario, alguna mujer que paseaba al perro. Cruzaba por delante de algún bar a punto de echar el cierre. Nada que me llamara la atención. Por ser otoño las calles me parecían desoladas y tristes. Siempre he caminado con la vista baja, concentrado en mis reflexiones; ésa es mi forma de pasear.

Aquella noche, sin motivo alguno, decidí ampliar mi paseo nocturno. Me sentía más inquieto que de costumbre, y tenía la certeza de que me costaría dormir. Salí a la calle, miré el cielo color ceniza, sin rastro de nubes ni estrellas, y empecé a caminar. Al cabo de media hora comenzó a caer una lluvia fina, me subí las solapas de mi abrigo y continué sin apretar el paso. Prefería mojarme a regresar a casa cargando la inquietud; una inquietud a la que no encontraba motivo. La idea de acostarme y empezar a dar vueltas en la cama aumentaba mi nerviosismo. Me detuve en un semáforo que parpadeaba en rojo; no había coches a la vista, pero me paré. Levanté la mirada y vi una ventana iluminada en la casa de enfrente. Envuelta en una luz temblorosa se destacaba una figura. La distancia que nos separaba sería, como mucho, de veinte metros; aún así podía ver con nitidez la figura del hombre. Como si mi vista se hubiera agudizado, podía ver que vestía un traje de chaqueta, camisa blanca y pajarita de color rojo. Me quedé contemplando la figura y tuve la sensación de que el hombre también me miraba. Al fin y al cabo yo era la única persona en toda la  calle. Lo que me extrañaba era su inmovilidad. Incluso pensé que no era un hombre sino un maniquí. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos mirándonos, hasta que decidí cruzar la calle y seguir mi  camino. Al llegar a casa la imagen del hombre en la ventana flotaba en mi cabeza. No pude adjudicarle edad a pesar de que lo había visto con claridad; igual podía ser un hombre de mi edad que un anciano.

La noche siguiente, por simple curiosidad, decidí volver al mismo semáforo. Quería ver de nuevo al hombre inmóvil. Salí de casa, caminé unas manzanas sin rumbo y me dirigí al mismo punto que la noche anterior. Y allí estaba el hombre, en su ventana, envuelto en la luz que oscilaba, como si aquella habitación estuviera iluminada con un quinqué. De nuevo nos miramos, de nuevo podía verlo con total claridad, como si estuviéramos a pocos centímetros de distancia. No recuerdo cuánto tiempo estuvimos así: frente a frente. Acabé cruzando la calle y dejando atrás al hombre. Su imagen, una vez más, flotó en mi cabeza, pero seguía sin poder adjudicarle una edad ni dibujar sus facciones.

Noche tras noche regresé al mismo punto, me quedaba parado el semáforo y miraba en dirección a la ventana. Ahí, quieto, envuelto en la extraña luz, estaba él. Nos mirábamos, hasta que, con mucho esfuerzo, dejaba de mirarlo y seguía mi camino.

Un sábado por la mañana decidí ir al semáforo. Tenía la curiosidad de saber si el hombre, siendo de día, continuaba en su puesto de observación. Y sí, a pesar de ser de día, ahí estaba, mirando en dirección a la calle. Nadie le prestaba atención a la figura, como si sólo yo pudiera verla, como si él únicamente se fijara en mí, como si sólo él y yo existiéramos.

Durante varias semanas acudí a aquella cita, como si el hombre me esperara, y yo no  pudiera hacer otra cosa que presentarme ante él y dejar que me observara mientras yo lo observaba a él.

Aquella noche, la última, repetí la misma operación. Me detuve en el semáforo y levanté la vista. El hombre no faltaba a la cita; allí estaba, como cada noche, plantado junto a la  ventana. Nos miramos y, por primera vez, la expresión del hombre cambió: me sonrió. Acto seguido, por medio de sus dedos, me indicó el número de su piso. Crucé la calle, llegué a la puerta, y ésta se abrió como por arte de magia. No llamé al ascensor, subí por las escaleras. La puerta del piso estaba abierta. Atravesé el pasillo en penumbra y llegué a una sala totalmente desnudo, sólo una luz proveniente de un quinqué colocado en un roncón de la estancia. El hombre, sin la menor duda, me esperaba. Caminó unos pasos hacia mí, me abrazó, y se fue. Desapareció. Yo me acerqué a la ventana, contemplé la calle y vi cómo el hombre se alejaba a buen paso. Y me quedé quieto, pegado al cristal, esperando…

6 comentarios en “EL HOMBRE EN LA VENTANA”

  1. He intentado buscar los libros anteriores que no tenía, de los autores, y no lo he conseguido. A ver si los de Sanitas me dicen algo mañana…
    Y Buenas noches

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    1. El libro de Sanitas está editado por editorial Platagorma. Sin paracaídas en la Toscana estará dentro de unas semanas en Amazon y la Casa del libro. Un saludo. Y gracias.

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