LA CHICA MENUDA

Supongo que por aquel entonces, como se dice coloquialmente, no tenía ni dónde caerme muerto. Un conocido me había alquilado una habitación no muy lejos del centro, y sobrevivía a duras penas como lector de manuscritos externo para un par de editoriales de segunda fila. A mis treinta y cuatro años y después de cerca de una década probando suerte con la máquina, sin más resultados tangibles que ganar algún concursillo de relatos breves al principio de mi carrera, podía decirse que había tocado fondo. Ya casi me había resignado a dejar la literatura para siempre y buscar un trabajo “normal”, de lo que fuera, cuando conocí a Aine.

Me encontraba a eso de las diez de la noche en una coctelería llamada, un tanto pomposamente en mi opinión, Singapur Sling. No me convencía demasiado aquel lugar, pero la dueña –una mujerona de más de sesenta años, cerca de cien kilos de peso y ojos de napolitana permanentemente encolerizada– por alguna razón me había tomado cierto aprecio y solía fiarme un par de copas cuando andaba tieso, que era casi siempre. Estaba tomando mi segundo whisky sour de la velada en la barra, por completo abstraído, cuando, al volver la vista a la derecha, resultó que tenía a aquella preciosa chica a tan solo dos tabueretes de distancia de mí. Era menuda, apenas un metro cincuenta de estatura, y enormemente guapa. Soy malo para adivinar las edades de la gente, pero me pareció que debía de andar cerca de los treinta. Sonreía, poseía una sonrisa de veras angelical y, de alguna manera, resplandeciente… Así la recuerdo siempre: sonriendo.

–Qué lindo es este bar, ¿no? –me espetó de pronto.

Miré a mi alrededor, un tanto teatreramente, y mis ojos me mostraron lo que ya conocía de sobras: un local del montón que pretendía pasar por un lugar elegante y cuyos mejores tiempos habían quedado muy atrás en el calendario.

–¿De veras te lo parece?

–Claro.

–¿Incluimos en lo de lindo al camarero con cara de asesino en serie y esos cuadritos de París de la pared que serían considerados como atenuante en un caso criminal?

Se rió.

–Por supuesto que lo incluimos. La belleza está en los ojos del que mira.

–Se nota que no has estado nunca en una cárcel, un psiquiátrico o un espectáculo de mímica.

–¿De verdad se me nota? –replicó, zumbona.

–¿Te gusta Paulo Coelho? –pregunté.

–¿Quién?

–Respuesta acertada.

Cogí mi copa y me cambié al taburete contiguo al suyo. Empezamos a charlar, y la conversación fluyó animadamente. Me contó que apenas hacía dos meses que había llegado a la ciudad y que vivía con una amiga en un apartamento de la Bonanova. Por lo visto, no conocía prácticamente a nadie en Barcelona, y había aterrizado en el Singapur Sling por pura casualidad después de salir de un cine. Charlamos y charlamos…. Por primera vez en mucho tiempo, la noche se me pasó volando. En un suspiro.

Afortunadamente, antes de que se marchara reuní el suficiente valor para invitarla a un café el sábado por la tarde.

Cuando nos encontramos el sábado en una cafetería de la plaza Bonanova y le pregunté qué le apetecía hacer, me señaló con el dedo el parque de atracciones del Tibidabo. (Para quien no conozca Barcelona, hay que aclarar que este centenario y maravilloso recinto está ubicado en la cumbre de una de las dos colinas que dominan la ciudad) Habría esperado cualquier idea excepto esta, pero por mí estaba bien. Llevaba sin ir al parque casi desde que era niño. Así, pues, montamos en mi desvencijado vehículo y en menos de un cuarto de hora nos plantamos allí. Pagamos la entrada y pasamos la tarde en las atracciones. Pueden imaginar todos los clichés habidos y por haber: vistas privilegiadas de la ciudad desde la noria, los sustos en el Castillo del Terror, el vacío en el estómago de las montañas rusas… Pueden imaginar estos clichés, e incluso algunos más, y todos ellos dignos de una película de Matthew McConaughey. Con toneletes de almíbar.

Pero fue una tarde mágica. La mejor en mucho tiempo.

Casi a la hora de irnos, pasamos junto a una de esas máquinas que agarran un premio por medio de un gancho. Esta en concreto, estaba llena de peluches.

–¿Me regalas uno? –me preguntó, refiriéndose a los peluches. E imprimió a su voz la ilusión de una niña.

–Estas máquinas son un timo –dije sin dejar de caminar–. Están programadas para no coger nada hagas lo que hagas.

Ella se detuvo.

–Venga, venga, señor don Timo. Yo doy suerte… Tú me has hablado de Edgar Allan Poe y yo quiero un peluche. Es lo justo.

Me rendí a su particular sentido de la justicia.

–Que conste que te lo he advertido –dije.

Eché una moneda. Situé, con tanto cuidado como poca fe, el gancho sobre al peluche y… por primera vez en mi vida vi cómo alguien, en este caso yo, conseguía un premio en una máquina de esas.

Aine comenzó a dar saltitos y aplaudir, verdaderamente contenta. Como si le hubiera tocado la lotería en un lugar de un pequeño muñeco de peluche fabricado en China.

–¡Otro, otro, quiero otro! –gritó.

Estuve a punto de explicarle que tanto el sentido común como el cálculo de probabilidades más elemental –e incluso los dioses, si me apuran– estaban en nuestra contra. Pero callé, introduje otra moneda y probé fortuna de nuevo.

Y volví a pescar otro muñeco.

Supongo que la máquina debía de estar estropeada, pues, por increíble que pueda parecer, metí seis monedas y saqué seis peluches. Cien por cien de acierto con el gancho de marras. A la porra con la ley de la probabilidad…

A partir de aquella tarde, Aine y yo comenzamos a salir.

Ese día también marcó el inicio de una racha increíble de buena fortuna: aquel mismo lunes me llamaron de una prestigiosa editorial a la que, unos meses atrás, había enviado –sin demasiadas esperanzas de éxito– un manuscrito para su posible publicación. Mi primera novela, Escupe la mano que te alimenta, cretino, había sido aceptada. El editor en persona me confesó lo mucho que le había impactado la obra.

Contra todo pronóstico, tratándose de un autor novel y sin relaciones de ninguna clase con el mundo literario como yo, mi novela fue el éxito de ventas de la temporada. A la vuelta de unos pocos meses ya íbamos por la cuarta edición, e incluso firmé un contrato con una productora para una adaptación cinematográfica, adaptación que iba a contar con un director, reparto y equipo técnico de primer nivel. Me contrataron también para colaborar con el director en la redacción del guion. Paralelamente, durante la promoción del libro descubrí, para mi sorpresa, que me manejaba bastante bien con los medios de comunicación, y no tardaron en llamarme de algunos horribles programas de televisión para dar mi opinión sobre toda clase de temas absurdos de los que ignoraba casi todo. (Este, precisamente, era el secreto para salir bien parado en aquellas grotescas y gritonas tertulias: no tener ni idea de lo que estabas hablando) También empecé a colaborar con una columna semanal en un periódico de alcance nacional. El dinero comenzó a entrar a espuertas.

Pronto pude abandonar por fin la habitación de mi amigo y mudarme a un cómodo apartamento de Sarriá. Aine, y también sus seis peluches, se vinieron a vivir conmigo.

Pero no todo era como un cuento de hadas en nuestro hogar. Por decirlo con Poe, aquel soplo de súbita fama y dinero trajo aparejada la llegada a mi existencia del Demonio de la Intemperancia.

Por decirlo sin Poe: me enganché a la farlopa.

No voy a decir que antes no hubiera probado la coca; pero, en mi situación económica habitual, aquel vicio siempre quedaba fuera de mi alcance. Primero fueron cantidades nimias, apenas unas rayitas que me permitían trabajar más horas y desenvolverme con mayor soltura en un mundillo que se me antojaba tan desconocido como hostil. Pero pronto llegué a “soplarme” un gramo diario. No voy a decir que Aine ignorase –esas cosas, simplemente, se saben— mi vicio, pero yo trataba de ocultárselo y ella velaba desde la sombra para que no me saliese de madre. También, para ser justo conmigo mismo, he de decir que mantenía mi adicción, si esto es posible, bajo control; como mínimo podía permitirme económicamente el vicio, pues además de las ventas de libros, los artículos y las cesiones de derechos a terceros, me habían contratado de tertuliano fijo en un programa de prime time. La mayor parte de las noches entraba tan puesto en el plató que no sé cómo me las ingeniaba para que no me echaran a la calle; pero, entre tanto primate televisivo, con perico o sin él, hasta parecía ingenioso.

Mi segunda novela, Pagándole los chupitos a Lucifer, salió a la venta en Navidad. Lo cierto es que, gracias al boca a boca y una serie de críticas muy favorables, superó a su predecesora en ventas y se tradujo a varios idiomas.

Por aquel entonces conocí a la actriz D. Si han deducido a quién pertenece la D., sabrán que hablo de una mujer que, aunque a mi modesto entender su talento interpretativo sea inversamente proporcional a sus atributos físicos, por aquel entonces se encontraba –como yo mismo en mi sector– en la cresta de la ola. A medio paso de Hollywood, por así decirlo. Además, iba a interpretar a la protagonista de mi novela en su adaptación cinematográfica. Me la presentaron en una fiesta, en Madrid, donde yo había acudido para promocionar mi nueva obra y cerrar algún contrato. Aine odiaba ese tipo de eventos, y se había quedado en Barcelona a cargo de una reforma de nuestro hogar. Me temo que lo que sucedió a continuación entre la actriz y yo fue, de algún modo, inevitable. La droga y el alcohol tuvieron algo que ver en ello; pero no mucho. Soy de esas personas que no necesitan demasiada colaboración exterior para mandarlo todo al garete.

Abro paréntesis. Al mencionar a D. me acaba de venir a la cabeza un viejo chiste de Hollywood. Ahí va: era una actriz tan idiota, que se lió con un guionista para ver si esta relación la ayudaba a triunfar en el cine. Cierro paréntesis.

Cuando regresé a casa, cinco días más tarde, lo hice dispuesto a explicarle la nueva situación a Aine. No sé en qué demonios estaba pensando. Supongo que me sentía culpable y necesitaba soltar lastre como el atormentado héroe de una novela de Dostoievski, o quizá la farlopa me había derretido el poco seso que me quedaba. No sé… Pero el caso es que le relaté a mi chica de corrido mis cinco días de pasión con la actriz más explosiva de nuestro cine. Aine empezó a llorar, pero no montó ninguna escena. Fiel a su estilo, no hubo ninguna explosión, sino algo mucho, muchísimo peor que una explosión.

Una implosión.

Sentí cómo mi chica se estaba resquebrajando por dentro. Y yo me rompí con ella. En mil pedazos.

Sé que sonará a recurso narrativo barato, pero lo cierto es que justo en ese momento, cuando yo acaba de expulsarlo todo al exterior, llamaron al timbre del portal. Se trataba de un repartidor de Amazon que traía un paquete. Cuando, apenas dos o tres minutos más tarde, regresé al salón, me recibió un espectáculo inverosímil. Pero antes de continuar me veo en la obligación de dar mi palabra de honor de que aquel día, consciente de lo que me jugaba, por primera vez en mucho tiempo estaba completamente sereno. No había bebido, ingerido, fumado o esnifado absolutamente ninguna sustancia susceptible de alterar mi percepción de la realidad. Sin embargo, son libres de creer o no lo que sucedió a continuación.

Como iba contando, cuando regresé al salón me encontré con que Aine había… había empequeñecido. Había reducido su tamaño a, más o menos, la mitad. O quizá algo más de la mitad. Y volaba. Repito: vo-la-ba. Le habían crecido unas diminutas alas en los omoplatos, alas que batía a una velocidad vertiginosa y con las que se había levantado un par de metros del suelo. Me quedé paralizado por la sorpresa, incapaz de reaccionar… Aine abrió la cristalera que daba al balcón y, sin dejar de llorar en ningún momento, salió volando y comenzó a subir hacia el cielo. Sin volverse para mirar atrás. Entonces lo comprendí todo… Corrí yo mismo al balcón y comencé a llamarla, a gritos. Grité con todas mis fuerzas, desesperado, como un loco. Supongo que no me oyó, pues continuó ascendiendo y ascendiendo, siempre hacia arriba, hasta que apenas era un puntito apenas perceptible en el inmenso firmamento, a kilómetros de distancia las cosas de los hombres, tan minúsculos vistos desde el cielo…

Luego, mi hada desapareció entre las nubes.

***

No me gusta demasiado hablar del tema, pero al día siguiente protagonicé en televisión aquel dantesco espectáculo que, a la postre, acabaría con mi carrera. Hay que decir en mi descargo que estaba tan colocado y de tantas sustancias diferentes, que todavía hoy me maravilla no haber acabado la noche en la UCI. Me remito, por tanto, a lo que algún medio calificó como “estado deplorable” y a los dos millones de visitas en youtube que llevaba el incidente televisivo la última vez que reuní el valor para contemplarlo de nuevo.

Este episodio, aun antes de terminar con mi carrera y mi reputación, se llevó también por delante mi flamante relación amorosa. Al día siguiente de ser TT mundial, mi querida D. recordó que tenía algo urgente que hacer en la otra punta del orbe, y pensó también que para qué iba a dedicarme unas palabras de despedida en persona existiendo un invento tan maravilloso como el wassap. Así, pues, con un besis y una carita sonriente, se terminó lo nuestro. Lo último que supe de ella es que, a pesar de ser incapaz de resover la raíz cuadrada de 500 –esto es literal– sin equivocarse, iba a encarnar a madame Curie en la gran pantalla. Será, sin la menor duda, un acontecimiento digno de verse.

Tampoco entraré en detalles sobre mi caída en picado. Baste decir que, en cuestión de unos pocos meses, pasé de ser la estrella de la agencia literaria que me representaba a que mi agente ni siquiera me devolviera las llamadas de teléfono.

Por suerte, cuando tuve que dejar mi apartamento por no poder mantenerlo y me sometí a una cura de desintoxicación en una clínica especializada, mi amigo volvía a tener libre su habitación no muy alejada del centro.

Y regresé, por así decirlo, a la casilla de salida.

***

Ya hace más de cinco años que Aine –cuyo nombre, según me enteré después de que se marchara, significa resplandeciente en gaélico– desapareció una noche en el cielo. Escribo estas líneas desde una mesa del Singapur Sling. No solo estoy en este antro porque sea el único lugar de la tierra donde todavía tengo crédito y, además, puedo conectarme a la wifi gratis sin haber de consumir. No. Vengo aquí cada noche con la esperanza de que Aine regrese a mi vida y todo vuelva a ser como antes. Sé que mañana, o el mes que viene, o tal vez la próxima primavera, volverá a este lugar. Claro que sí. Será maravilloso verla entrar por esa puerta, como si nada hubiera sucedido, será maravilloso que se siente a mi lado, me diga lo lindo que es este lugar y de nuevo inunde mi vida de Magia; que me cubra por entero, de una vez y para siempre, con el polvo de hadas de la Esperanza.

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