¿DE QUÉ ESTÁ EMPEDRADO EL INFIERNO?

Isabel era, según su familia, la mujer más cálida del mundo, el ser humano que más se preocupaba por sus congéneres. Trabajaba como asistente social en el ambulatorio de un barrio obrero. Sus desvelos hacia los menesterosos, los débiles, los pisoteados por el sistema, la habían llevado a una vida de dedicación y sacrificio. Vida de dedicación, que sus compañeras no acababan de entender, pues, sin la menor duda, aparte del trabajo la vida ofrecía bastante más.

Isabel siempre salía a la calle con un puñado de monedas. No había mendigo, ya fuera del país o del  resto del mundo, que no recibiera un euro de su bolsillo y, en ocasiones, hasta una tarjetita con el  teléfono de su despacho. No había encontrado un hombre con el que compartir su vida; durante una época, hacia ya bastantes años, lo había buscado. Y no, no encontró hombre alguno que la apoyara en sus desvelos por los más necesitados.

Un sábado por la mañana Isabel salió de su casa en dirección al supermercado para hacer la compra semanal. Empujaba un carrito, y en su monedero había las habituales monedas de un euro. En la puerta del supermercado se topó con un hombre de mediana edad, arrodillado; junto a él un cartelito que ponía: NO TENGO TRABAJO NI CASA. El hombre vestía un traje raído, de color azul oscuro; el cuello de su camisa estaba deshilachado, y su corbata, de color rojo sangre, estaba mal anudada. El hombre con la cabeza baja y la mano derecha extendida, le produjo una infinita tristeza.

Isabel consultó su reloj. No podía detenerse porque dentro de una hora tenía una cita con una familia que la necesitaba; cinco hijos, los padres en paro y un abuelo con Alzheimer. Extrajo de su monedero todos los  euros, y los depositó en una cestita de mimbre colocada sobre una esquina del cartel.

Cuando salió del supermercado el hombre continuaba en la misma posición. Isabel le dio el dio un billete de cinco euros. Por enésima vez se preguntó qué azares y desgracias conducían a un ser humano a aquel callejón sombrío y doloroso. En casa, quizá porque aquel día estaba más sensible que de costumbre, Isabel lloró sentada en su butaca, mientras su gata la miraba con expresión compungida.

Isabel, sin que nadie lo supiera, jugaba al bono loto. Su esperanza era que le tocara un premio y poder repartir sus ganancias entre los necesitados. Fantaseaba con el premio y se veía haciendo una donación a Cáritas.

Un martes por la noche miró el boleto que había comprado por la mañana; había apuntado los números ganadores en un papel. Su sorpresa fue grande al saberse ganadora de 7540 euros. Lo primero que pensó es que le daría dos mil euros al señor del supermercado.

En cuanto Isabel se hizo con el premio, fue al supermercado y depositó en la cestita del mendigo veinte billetes de cien euros.  El hombre la miró y ni supo qué decir. Isabel le sonrió. <<No hace falta que me dé las gracias. Espero que le sirva este dinero. Usted y yo tenemos que hablar. Pienso ayudarle en todo lo que pueda>>.

Dos días después de haberle entregado al hombre el dinero, Isabel fue a su encuentro, pero el lugar estaba ocupado por un africano que, también arrodillado, pedía unas monedas. Pensó que su mendigo estaría descansando en alguna pensión. Estaba segura de que él regresaría a la puerta del supermercado. Al africano menesteroso le entregó un par de monedas.

A la mañana siguiente, ya en su oficina, Isabel leyó en el periódico que un vagabundo había recibido de una extraña la cantidad de dos mil euros. Con ese dinero se fue a cenar al hotel Ritz. Pidió: entremeses de la casa, langosta con mayonesa, flan con nata; bebió una botella de agua mineral y pidió un carajillo de 103. Acto seguido, después de dejar cien euros de propina, se dirigió a Paseo de Gracia con Gran Vía. Allí saco un revolver que había comprado por la mañana a un pequeño traficante llamado El Pecas. Sacó el revólver y disparó sobre los transeúntes. Acabó con la vida de dos personas e hirió a un tercero. Después se descerrajó un tiro en la sien.

Isabel cerró el periódico. Las lágrimas turbaron su visión. Recordó que su primer novio le dijo un día: <<Isabel, Isabelita, el infierno está empedrado de buenas intenciones>>.

7 comentarios en “¿DE QUÉ ESTÁ EMPEDRADO EL INFIERNO?”

  1. Pues sí. No me chocanada. Por lo menos, gracias a ella, SU mendigo del supermercado tuvo un final Glorioso .
    A lo peor, la familia esa a la que ayudaba, cuando recibieran su dinero, se dedicaban a tener un sexto hijo…

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  2. Y yo venga de echar solicitudes de (re)admisión en su sitio de Aberrations, sin saber que estaba usted aquí, póstumo y de cuerpo presente, con este amigo suyo, también difunto, el Estepa. En fin, menos mal que se me ha ocurrido preguntar en lo de Doña Procuro. Espero que le(s) vaya de muerte en este nuevo blog, en el que, desde ya y para no desentonar, también me declaro fiambre.

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