AMIGO NO IDENTIFICADO

En una ocasión, creo que en 5º de EGB, nos mandaron dibujar a nuestro padre desempeñando su trabajo. Aunque no tengo ni idea del porqué se le ocurrió a los profesores una idea semejante, el caso es que todos los alumnos de la clase, con más o menos destreza artística, coincidieron en dibujar escenas emocionantes. Mi compañero de pupitre, cuyo padre era bombero, representó a su progenitor llevando en sus brazos a una niña a la que acababa de rescatar de un edificio en llamas. El hijo de un policía retrató a su padre apuntando a un ladrón con una pistola. Y así..

Médicos, bomberos, policías, ingenieros, conductores de tren… Hasta los que tenían padres con oficios aburridos consiguieron, gracias a la exageración de la realidad o a la pura invención, que estos pareciesen interesantes.

Yo no lo conseguí. Ni siquiera lo intenté.

Dibujé a mi padre sentado en una mesa de oficina y mirando al horizonte con un bolígrafo en la mano.

No se me ocurría qué otra cosa podía hacer un oficinista –un escribiente, como se decía entonces– en su trabajo. (¿Pelearse hasta la muerte contra un balance de situación esquivo, tal vez?) Estaba convencido de que se trataba del oficio más aburrido del mundo.

Y me temo que, secretamente, también creía que mi padre era la persona más aburrida de la tierra.

Y es que mi progenitor siempre fue el paradigma de la normalidad más anodina. Nunca una salida de tono o una palabra más alta que la otra; nunca una pelea conyugal o un escándalo que diera que hablar a los vecinos… De casa al trabajo y del trabajo a casa, ésta bien podría haber sido su divisa. Y también su epitafio. Jamás le escuché maldecir o insultar a nadie, e incluso cuando gruñía o se enfadaba, poseía la rara virtud de manifestar su indignación sin mover ni un solo músculo del cuerpo, alzar la voz o alterar la expresión facial. Y así fue hasta el mismo epílogo de su existencia. En los últimos años, tras la muerte de mi madre, se fue apagando lentamente como una vela gastada. Sin estridencias y sin llamar la atención, tal y como había vivido… Incluso su fallecimiento, acaecido hace cinco meses en un geriátrico de las afueras, resultó todo lo apacible y exento de melodrama que cabía esperar de él: se durmió, como casi todos sus compañeros en la Residencia “Los Pinares”, viendo al mediodía La Ruleta de la Fortuna.

Pero él fue el único que, cuando los concursantes ganaron el premio final, no se despertó para celebrarlo y comentar la jugada con el resto de la parroquia.

Tras su funeral, aquella mañana lluviosa y gris, me dirigí a la que fue nuestra casa. Necesitaba encontrar unos papeles para solucionar un trámite administrativo, y, resistiéndome como podía a los embates de la tristeza, me puse a revolver los armarios y cajones para dar con ellos. Al cabo de un rato, encontré en el armario de una pequeña caja fuerte de mano, metálica, de esas que se utilizaban hace unas décadas para guardar documentos o las joyas de una casa. Tenía la llave puesta en la cerradura. En su interior, como cabría suponer, había papeles tan viejos como carentes de interés; pero no los que buscaba. Me disponía a cerrar la caja cuando mis dedos tropezaron con una foto, una foto que jamás había visto antes en ninguno de los álbumes familiares.

En ella mi padre, que a la sazón no tendría más de veinticinco años, posaba sonriente junto a otro hombre que por lo menos le doblaba la edad. Iban vestidos como en un safari. Los dos, arrodillados y sonrientes frente a la cámara, portaban sendas escopetas de caza. El compañero de mi padre pasaba su brazo por encima del hombro de este, y sostenía una botella de whisky en una de sus manos. Hube de quitarme las gafas y volvérmelas a poner, pues lo que mis ojos se empecinaban en mostrarme resultaba demasiado inverosímil. Parecían encontrarse en plena sabana africana, y, a sus pies… yacía ¡un león muerto! Un león gigantesco, además. Me levanté y cogí una lupa del cajón del escritorio. Inspeccioné otra vez la foto, ayudándome de la lente, sin dar crédito a lo que estaba observando.

El otro cazador de la foto, el que sostenía la botella, era Ernest Hemingway, el escritor.

Hemingway.

Además de ser devoto lector de la Generación Perdida desde mis tiempos mozos, imparto clases de literatura en un instituto de secundaria desde hace treinta y tres años. Quiero decir que he visto decenas de fotos de Hemingway a lo largo de mi vida. Sé bien cómo era.

Pero por si hubiera alguna duda, en el reverso de la foto encontré una anotación manuscrita realizada por mi padre –su redondeada y pulida caligrafía seguía siendo inconfundible para mí–, que decía lo siguiente:

Con Ernesto. Tanganica, 1953.

¿Ernesto? ¿Tanganica…?

¿Qué demonios hacía mi padre, el invisible contable de una empresa de lámparas industriales, cazando leones en Tanganica con Hemingway?

Los interrogantes se amontonaban sin orden ni concierto en mi cabeza.

Para empezar, mi padre jamás comentó, ni en público ni en privado, que hubiera ido de caza una sola vez en su vida. Incluso me cuesta imaginarlo con una escopeta en la mano, y no digamos abatiendo un león en la llanura. Tampoco comentó que hubiera estado en África, y mucho menos, en el África negra.

Y lo principal:

Mi padre jamás comentó que hubiera conocido a Hemingway. Estoy seguro, absolutamente seguro, de que no se mencionó algo así en casa. De haber sucedido, yo lo recordaría. Ni siquiera era un amante de la literatura. La realidad es que nunca le vi leer una novela que no fuera de Marcial Lafuente Estefanía.

Los únicos libros que había en mi casa escritos por Hemingway, los compré yo en mi adolescencia.

Una rápida búsqueda en internet bastó para enterarme de que, en efecto, Ernest Hemingway realizó un viaje a Tanganica –la actual Tanzania– en 1953, viaje que financió la revista Look a cambio de un par de artículos periodísticos.

La cabeza me daba vueltas…

En este punto traté de ordenar mis ideas y recuerdos: mi padre conoció a mi madre en 1955, y se casaron a finales de 1956. A partir de ahí, su vida, por así decirlo, era un libro abierto para mí, desde el mismo día de su boda hasta su última Ruleta de la Fortuna en la residencia Los Pinares.

Si retrocedíamos en el calendario, casi lo mismo. Conocía su infancia, en aquel pequeño pueblo de Zamora, casi al dedillo. La adolescencia, las clases nocturnas, sus amigos del pueblo, el servicio militar en Zaragoza…. Pero había un vacío, un gran hueco, entre el servicio militar (que cumplió en 1948) y el año en que conoció a mi madre y entró a trabajar en la empresa de lámparas donde permanecería empleado, sin interrupción, hasta el mismo día de su jubilación. Supongo que me importaba tan poco su vida, que nunca había reparado en ese hueco de varios años de su biografía…

Reconozco que a partir de entonces me obsesioné con aquella foto y lo que significaba. Era como conocer a otro padre, y con efecto retroactivo: un padre amante de la aventura y la caza mayor que, por si fuera poco, fue amigo –quizá íntimo– de uno de los más grandes escritores del siglo XX. Desde luego, una personalidad mucho más atractiva que la de aquel tipo apocado y gris al que dibujé con un bolígrafo en la mano en 5º de EGB.

Empecé por buscar en internet todo lo que había sobre aquel viaje por África, y pude comprobar que destacaban más el safari que realizó en 1931, quizá porque, a diferencia del que me interesaba, aquel tuvo una influencia capital en varias de sus obras más significadas. Así, pues, cuando terminé con la información de la red compré también todas las biografías del escritor que pude conseguir. Incluso adquirí Al romper el alba, la novela publicada de manera póstuma que estaba basada precisamente en las experiencias de aquel safari del 53. Pero no encontré ninguna referencia, siquiera tangencial, a mi padre en ninguna parte. También pregunté a cuantos conocidos, compañeros de trabajo y familiares de mi padre quedaban vivos –ciertamente pocos– si le habían oído comentar alguna vez que hubiera estado en el África en su juventud, o tal vez alguna mención a su amistad con el escritor americano. Incluso me desplacé a la residencia donde vivió sus últimos meses.

Todos, sin excepción, me miraron como si me hubiera vuelto loco.

Ni siquiera mi tía, su hermana pequeña, tenía ni la menor idea de qué le estaba hablando.

Estaba claro que le había ocultado a todos sus allegados, incluida mi madre, esa parte de su pasado. Pero de ser esto cierto: ¿cuál sería la razón de ese silencio?

Cuando comenzaba a rendirme, me llegó de Estados Unidos, vía Amazon, una vieja biografía escrita por un sesudo profesor universitario llamado Jacob S. Perelman y publicada en 1968. El libro en sí no aportaba ningún detalle novedoso a mi investigación (ni tampoco a la vida o la obra de Hemingway, me temo). Sin embargo, en el capítulo dedicado a la relación del escritor con la caza, aparecía la misma instantánea que lo había desencadenado todo. Sin lugar a dudas era idéntica. El pie de foto rezaba lo siguiente:

África, 1953. Posando satisfecho con un trofeo de caza, en compañía de un amigo no identificado.

Supongo que aquella expresión, “amigo no identificado”, despertó algún resorte en mí. Y por primera vez en cinco meses meses de frenéticas indagaciones, me pregunté qué andaba buscando en realidad.

¿Pretendía descubrir algo sobre mi padre o sobre mí mismo?

Cuando encontré la foto en la biografía de Perelman me encontraba leyendo, precisamente, en nuestra vieja casa, que acababa de ser puesta a la venta Creo que por primera vez desde su fallecimiento tomé consciencia de que todo en aquel espacio, hasta el último objeto, parecía estar impregnado más que nunca de la presencia de mi padre ausente… Tomé la foto original, una vez más, entre mis dedos, como había hecho innumerables veces a lo largo de los últimos meses: mi padre, mi padre sonriendo en la sabana, tras una jornada de caza, con un gigantesco felino a sus pies… Llamadlo “revelación”, pero en ese preciso momento decidí que lo mejor era dejar ese pasado en el lugar al que pertenecía, dondequiera que estuviese ese lugar. Quizá no tuve un padre que rescatara niñas de edificios en llamas, ni capturara delincuentes con su pistola, ni siquiera tuve un padre que cazara leones en África, si a eso íbamos… Pero mi padre fue un maestro en el oficio más difícil de todos, estar allí siempre que se le necesitó. Disfruté, sí, de un padre que procuró, a costa de no pocos sacrificios y renuncias, la mejor educación que podía permitirse pagar; que supo transmitirme cada minuto el bien más preciado de todos para un niño, además del afecto: la seguridad. Y quizá a costa de esa otra existencia trepidante a la que renunció al formar una familia. Ese, ese y no otro, era el padre que conocí, el padre al que tanto echo de menos…

¿Por qué nunca dijo nada de su estancia en África?

Contemplé la foto, por última vez, y volví a guardarla en su caja.

3 comentarios en “AMIGO NO IDENTIFICADO”

    1. Muchas gracias por los buenos deseos.
      De momento, como contaba Steve Mc Queen que iba diciendo el tipo que se caía de un rascacielos ” So far so good “

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