SOUVENIRS

Daniel despertó bañado en sudor y con la boca seca. Abrió los ojos, miró la claridad que se filtraba a través de las cortinas, parpadeó, y conectó la radio. Se incorporó y se calzó las zapatillas. Recordó, entre bostezo y bostezo, que se había soñado en una playa del Pacífico. Había tomado el sol y dado unas brazadas en un mar cálido y cristalino. Había disfrutado mucho con aquel sueño. Caminó unos pasos y estuvo a punto de resbalar. Miró el suelo y vio que había arena sobre un par de baldosas. Se agachó, se humedeció el dedo índice y estudio los granitos. Sí, era arena. Se extrañó, pero, ya camino del lavabo, recordó que junto a su oficina estaban haciendo obras. Concluyó que, sin la menor duda, las suelas de sus zapatos habían arrastrado aquellos granos de arena hasta su dormitorio.

La noche siguiente Daniel volvió a soñar con la misma playa. Dejaba que el sol acariciara su cuerpo mientras saboreaba un daiquiri helado; la copa llevaba una sombrillita de papel color rosa. Horas después despertó y recordó el sueño; aún en paladeaba el sabor del combinado. Pensó que sus dos últimos sueños habían acontecido en el mismo lugar. Miró la claridad que se filtraba a través de las cortinas y conectó la radio. Se incorporó y se calzó las zapatillas. En el pasillo, ante la puerta del lavabo, se encontró con una sombrillita idéntica a la de su sueño. Se agachó y la tomó con delicadeza.

Daniel estuvo dándole vueltas al tema; entre sorprendido no dejaba de pensar en sus dos sueños. Concluyó que tenía un don maravilloso que podía aprovechar.

La tercera noche soñó que hacía el amor con una chica bellísima. Al despertar, al darse la vuelta en la cama, Daniel contempló el cuerpo dormido de la mujer soñada. Al mismo tiempo se sentía feliz atemorizado por su don prodigioso. Ahora no sabía si despertar a la chica o dejarla dormir. Se decidió por dejarla dormir.

Cuando llegó a casa, encontró a la chica tumbada en el sofá. Se besaron y cenaron juntos. Daniel cenó con un nudo en el estómago. No sabía qué decirle a la chica, no sabía qué preguntas hacerle. No dejaba de mirarla, como si estuviera contemplando un prodigio. Y sí, era un prodigio aquella mujer nacida de su sueño, traída, no sabía cómo, desde un pueblecito del Pacífico hasta su casa en Barcelona.

Se acostaron e hicieron el amor. Daniel soñó que paseaba de la mano de la chica por el pueblo. Se detenían en un bar a tomar una cerveza y charlaban y se miraban a los ojos. Al salir del bar, ya había atardecido. Fueron a ver la puesta de sol.

Daniel despertó y vio la cama vacía. Oyó voces en el salón. Saltó de la cama y corrió descalzo. Se dio de bruces con una hermosa reunión familiar. La familia de la chica estaba acomodada en los sillones y en las sillas; habían encontrado acomodo. Los padres, tres hermanos pequeños, una tía y los abuelos. Charlaban animadamente. Vieron a Daniel y le saludaron con un cálido <<buenos días, Daniel. Ya estamos aquí>>. 

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