FINAL FELIZ

El último día del milenio tomé un viejo autocar de Plovdiv a Varna, ciudad donde me esperaban unos amigos para celebrar allí la nochevieja. Yo era el único pasajero que no hablaba búlgaro. Estaba nevando copiosamente, y nos desplazábamos, en plena noche, a una velocidad suicida por aquellas heladas carreteras de montaña. En el autocar habían puesto una muy antigua película de Louis de Funes titulada precisamente Hibernatus, película que yo ya había visto de niño en el cine. Resultaba de lo más surrealista ver al cómico francés ejecutar todo ese repertorio de visajes y grotescos aspavientos, marca de la casa, acompañados de la voz neutra y sin ninguna inflexión –una voz que leía en lugar de interpretar– que caracterizaba los doblajes en aquel país.

A medida que la nevada arreciaba, el conductor parecía acelerar todavía más. En una de las paradas que habíamos realizado al principio del trayecto, pude ver que cómo el hombre se echaba al coleto una generosa copa de rakia –una especie de aguardiente muy popular en la región–, por lo que nu dudé en asociar la desmesurada velocidad a la que conducía con la ingesta de alcohol.

Entonces tuve la certeza de que iba a morir en aquella carretera. Y digo bien al calificarlo de certeza. Fue un pensamiento tan incontrovertible como desprovisto en absoluto de dramatismo o desesperación; lo más parecido a una revelación que se me ocurre.

Mis días iban a concluir en aquella carretera búlgara.

Por fortuna, casi al instante me tranquilicé diciéndome que mi vida, ninguna vida en realidad, podía ser tan absurda como para finalizar el último día del milenio, literalmente en el quinto pino y viendo una tontorrona película de Louis de Funes de la que no entendía ni una palabra. Era demasiado idiota hasta para mí.

Y no morí.

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3 comentarios en “FINAL FELIZ”

  1. Tuve una sensación parecida en el verano del 83, a mediados de agosto, pero con un sol radiante y un calor que hacía que aquel bus oliera como un gimnasio, como la estación espacial internacional o, en general, como cualquiera de esos sitios en los que los seres humanos se juntan y no ventilan. Cansados del Interrail por Italia nos fuimos a la Yugoslavia de Tito y acabamos en la costa, en Split, donde pillamos un ferry a Hvar y nada más atracar un bus al otro extremo de la isla. En el mapa Michelín aparecía un camping al lado de una playa. El resto de la historia es más o menos la misma: la primera curva incredulidad, la segunda una aguda sensacion de irrealidad y a la tercera la certeza de una muerte inminente en un lugar remoto en el que en realidad nada se me había perdido y con un nombre que sabía escribir pero no prinunciar. Saqué con disimulo el carnet de identidad y el pasaporte y lo metí en el bolsillo delantero del vaquero pensando en mí madre, para que pudieran identificar mi cadáver y e intenté poner cara de impasible mientras seguía sudando frío. El autocar ya era material de derribo el año del nacimiento del chófer que seguramente iba borracho, en las curvas los bultos de los parroquianos caían de la red sobre los asientos, lo cual incluía gallinas envueltas en trapos, como esos bebés de inclusa china que parecen momias pequeñitas. La carrera bordeaba barrancos todo el rato, o al menos eso recuerdo, y en las curvas una rueda siempre parecía ir a salirse del recuerdo lejano de un asfalto por el que circulábamos. Como a la media hora de trayecto en el medio de un pueblo, cuatro casas, el bus se detuvo porque las tres mesas de un restaurante impedían el paso. En realidad era una vieja que asaba pescados en la cocina de su casa y te los servía en la carretera si tú llevabas la bebida. Aprovechando el revuelo, mientras entre el conductor, la vieja barbuda y los comensales apartaban las mesas y las sillas, nos bajamos e hicimos los dos kilómetros que faltaban a pie. La vuelta fue mucho mejor. En aquella isla todos estaban borrachos todo el tiempo, algo que cobró sentido al ver que en el único supermercado había un lineal de diez metros de vodka y para comprar refrescos y leche te apuntabas en una lista y lo recogías por la tarde o al día siguiente, según llegara el barco. Quiérese decir que a la vuelta íbamos borrachos o con resaca, ya no me acuerdo, lo cual hizo el viaje hasta placentero. El alcohol, a ciertas edades, te hace invencible.

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  2. Ayer estaba demasiado cansada y me fui a la cama sin venir a leer. Pero claro, si uno hace eso, en la mitad de la noche se despierta con la cabeza dándole vueltas a todo, me he levantado, he venido a disfrutar y a cambiar mis ideas obsesivas, y me he encontrado no sólo con Gomez, sino también con MGaussage…
    ¡ Qué gozada !
    Y que envidia me dan, que yo no he hecho nunca un viaje de esos, que los viajes más “exóticos” que hec hecho han sido a Lourdes, y de nuevo Lourdes, una y otra vez , con mi abuela … Y eso no cuenta.

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