DOS MUJERES

Asunción buscó la llave en el caos de su bolso; antes de que la encontrara, el portero le abrió la puerta y la saludó. El portero regresó a su mostrador y se dispuso a ordenar la correspondencia. Asunción esperó a que el ascensor de servicio llegara. Era mediodía, ya había limpiado una casa y atravesado la ciudad para seguir la jornada en casa de Susana. El fin de semana había hablado con sus hijos y con su madre, desde el locutorio; apenas un cuarto de hora. Su madre y sus hijos estaban bien. Hablaba con ellos y siempre procuraba que la voz no se le rompiera; para llorar esperaba llegar a casa. Los echaba de menos y, a pesar de los tres años, no se acostumbraba a su ausencia, a su lejanía. Los hijos crecían y ella no podía cuidarlos. Su labor de madre se resumía en un giro mensual, en comentarios, en consejos que jamás sabía si los chicos seguían u olvidaban.

El ascensor la dejó en el ático. De nuevo buscó las llaves. Entró en la cocina y contempló el desorden de los platos sucios en el fregadero, de las bandejas de aluminio con restos de comida; había copas por todas partes, botellas vacías, servilletas hechas un guiñapo. Fue al cuarto de baño de cortesía y se cambió de ropa. Se contempló en el espejo y se sonrió. Le dolían las cervicales. El apartamento olía a tabaco y a alcohol

En el salón el desorden era total. Sintió una enorme pereza. Se sentó en el sofá e imaginó a sus dos hijos dormidos. ¿Soñarían con ella?

Susana pareció en el salón. Vestía un salto de cama y estaba descalza. Las uñas de sus pies estaban pintadas de rojo.

-No te oí llegar –le dijo a Asunción-. He dormido fatal, cada vez aguanto peor el alcohol, la verdad. Esta clase de fiestas acaban siendo agotadoras.

Asunción se levantó y sintió que las cervicales le daban un tirón.

-Me podrías preparar un café, uno bien cargado, por  favor. Hoy tengo un ataque de pereza. Me lo llevas a la cama, se buena.

Asunción fue a la cocina. Llevaba dos años trabajando para ella. A las pocas semanas Susana le regaló tres o cuatro libros. <<A ver si te gustan. Aunque no sé si te agrada leer>>, le dijo. Uno de los libros tenía la siguiente dedicatoria: <<A Asunción, mi nuevo ángel de la guarda>>. Asunción leyó los libros y los encontró ridículos, para ella era algo parecido a la ciencia-ficción. No tenían contacto alguno con la realidad. ¿De verdad había mujeres como las que ella describía?

Susana estaba en la cama, envuelta en la penumbra. Asunción descorrió las cortinas, la habitación se bañó luz dorada. Sobre la mesita de noche había una caja de orfidal y un antifaz.

Susana bebía el  café a pequeños sorbos, apoyada la espalda en el cabezal.

-¿Qué hora es?

-Son más de las doce.

Susana dejó la taza sobre la mesita y se desperezó. Asunción la contempló. ¿Cómo sería eso de levantarse al mediodía y que trajeran el café a la cama?

-Mejor voy empezando –le dijo a Susana, que estaba consultando el móvil.

-Sí, claro que no se nos haga tarde.

¿Por qué utilizaba el plural? <<Debemos limpiar>>. <<A ver si le damos una limpieza a fondo a mi cuarto de baño>>. <<¿Crees que seremos capaces de arreglar la cisterna?>>.

Empezó a ordenar la cocina, a despejar los mármoles, a limpiar los platos. Mientras ella fregaba, Susana hablaba y hablaba, bromeaba y se quejaba de dolor de cabeza. No era dolor de cabeza, era una <<tremenda jaqueca>>.

Asunción volvió a pensar en sus hijos, los imaginó cogidos de la mano, camino del colegio. Diez  y doce años. Suspiró. Una no siempre podía estar en forma, ser optimista, mirar el futuro con la suficiente dosis de esperanza. No, no era fácil saber que el tiempo pasa y es imposible recuperarlo. Miró el reloj de la cocina. Le iba a faltar tiempo, seguro. El tiempo era algo que se le escurría de las manos, como el agua jabonosa, como un puñado de arena; el tiempo no jugaba a su favor.

Después de tres horas la casa volvía a estar ordenada. Asunción se cambió de ropa y fue a despedirse de Susana, que estaba en su despacho. Asunción se detuvo en el umbral de la puerta y la observó. Susana era tres cuatro años mayor que ella; sus hijos estaban internos en una colegio suizo; estaba divorciada. Asunción pensó que por mucho que Susana se esforzara, jamás lograría entender el mundo; no comprendería un ápice del dolor ni de la desesperación que en él anidaba.

-Ya me marcho.

-¿Todo en orden?

-Sí.

-Sobre la mesita del recibidor tienes un par de revistas con artículos míos. A ver si te interesan. Ya me comentarás el próximo día.

-Gracias. Las leeré con atención.

En el ascensor ojeó las revistas, leyó los títulos FEMENISMOS Y NUESTRO MOMENTO.

Saludó al portero. Salió a la calle y caminó en busca de la parada de autobús. En la primera papelera que vio, lanzó las dos revistas.

2 comentarios en “DOS MUJERES”

  1. ¿ De verdad que hay mujeres como la Susana del relato ?
    Asunciones, conozco a muchas , en cambio…
    Claro que yo soy de otra época.

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    1. Hola, Viejecita. Yo también soy de otra e´poca; pero puede estar segura de que hay mujeres como esa. Hay miles de clases de mujeres, como miles de clases de hombres.

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