LA HERENCIA

La madre aún seguía llorando cuando el hijo salió de la cocina, furioso por lo que acababa de saber. Escucharon un portazo seco. El padre, sentado en una silla, se miraba las manos y maldecía. Ambos sabían que habían hecho bien al decírselo, no tenían otra opción. Le habían destrozado la vida al chico. Decidieron tener un único hijo y ahora pagaban con dolor las consecuencias. Sí, ambos tenían la certeza de que su egoísmo los había conducido a un callejón sin salida. El hombre se acercó a su esposa y la besó en la frente, le acarició el cabello. Buscaba unas palabras de consuelo.

-Se hará a la  idea, amor –le dijo a la esposa-. Hemos pasado por lo mismo. El chico acabará acostumbrándose. ¿Qué otra alternativa tiene?

La esposa lo miró.

-Nos equivocamos al tenerlo, cariño. Ahora me he dado plena cuenta.

-No digas eso, por favor. Hasta hoy ha sido feliz, y en cuanto se haga a la idea, volverá a serlo. Te lo repito: se acostumbrará. Tú  y yo lo hemos hecho.

-Es una crueldad; eso es lo que es.

-Tiene tres años para hacerse a la idea. Recuerdo que mis padres no me dieron un plazo tan generoso. Recuera tu momento, cuando tus padres te lo dijeron.

La mujer miró a su esposo y se encogió de hombros. Lo único que ahora le importaba era que Ismael, su pequeño, no enloqueciera. Quizá debían de haber esperado un poco más, decírselo dentro de un año o dos. Estaba confusa. Ya no había vuelta atrás. Ismael ya lo sabía. Ella y su esposo había tardado semanas en encontrar la forma de decírselo. Ambos habían llegado a la conclusión de que no había una forma buena de contarlo.

La mujer se levantó de la silla y puso agua a hervir para tomar café. Jamás se había sentido tan triste. A pesar de que la reacción del hijo le había parecido lógica, verlo  tan apesadumbrado y tan furioso, la había hundido. Mientras el agua hervía, recordó su momento, cuando sus padres se lo dijeron. Ella reaccionó de una forma parecida, pero eran otros tiempos. Ella había conseguido llevar una vida plena y feliz igual que su marido, pero, ¿cómo la llevaría su hijo? Ismael era, sin la menor duda, demasiado sensible.

Sirvió dos tazas de café soluble y se sentó de nuevo  a la mesa.

-El chico es demasiado sensible –le dijo al marido.

-Lo sé; pero también es fuerte y tiene carácter, amor.

-Temo que tire su vida por la borda.

-No pienses esas cosas. Cuando llegue el momento nos dejará e irá a la universidad. Nos estamos esforzando para que tenga un futuro.

-Ya ves qué clase de futuro le hemos dado, amor.

El hombre tomó la mano de la mujer y la acarició. Miró sus ojos violetas, grandes tristes.

-Todo pasará, mi vida. Tiene toda la vida por delante, tiene mucho que vivir. Siempre vamos a estar a su lado, esté donde esté, nos tendrá para ayudarlo.

-Lo sé; pero…

 El marido pensó que no tenía sentido seguir hablando, dando vueltas y más vueltas sobre lo inevitable.

-Mejor nos vamos a la cama. Mañana será otro día, necesitamos reponer fuerzas.

-¿Crees que mañana querrá hablar con nosotros?

-Si no es mañana, será otro día. Más tarde o temprano querrá saber y nos hará cientos de preguntas. No te preocupes. Así ha sido y así será.

Ismael lloraba en su cuarto. Estaba viviendo la peor de las pesadillas. ¿Y si todo era una broma de mal gusto? Imposible. Se frotó las manos para hacerlas entrar en calor. ¿Qué estarían haciendo sus padres? Jamás les perdonaría. ¿Cómo era posible que lo hubieran traído al mundo para hacerlo  un desgraciado, un miserable? Todo el amor que ambos le habían dado, desaparecía, se esfumaba ante el hecho fatal de su condición.

Ismael se acercó a la ventana y descorrió la cortina. Puso las dos manos sobre el cristal y sintió un escalofrío. Como  su oído era muy fino, pudo escuchar el sonido del río, el canto de una lechuza emboscada, el aire que agitaba las ramas de los árboles. Se sabía condenado, pero tenía que hacerles muchas preguntas; tendría que hablar con ellos para saber, sí. Miró el cielo el cielo estrellado, limpio de nubes, hermoso. Sintió que el vértigo lo arrebataba. ¿Qué sería de su vida dentro de tres años? Ismael se imaginó con dieciocho años, ni siquiera sabía dónde podría estar. Se imaginó contemplando la luna llena, una luna enorme y terrible. Se imaginó  que aquella luz fría lo envolvía, y él, sin poder luchar contra la herencia maldita, veía como su cuerpo se cubría de ásperos pelos, sus uñas crecían, su columna vertebral mudaba al tiempo que sus extremidades, los colmillos se afilaban, y de su garganta nacía un aullido de dolor. No, concluyó Ismael, no sería fácil ser un hombre lobo.

2 comentarios en “LA HERENCIA”

  1. Ismael debería leerse los libros de Glen Duncan. Se reconciliaría enseguida con lo de ser un Licántropo. Y , como buen hombre lobo, se aficionaría al Macallan .

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