UN TIPO EXTRAÑO

Un pequeño bar de currantes —ninguna expresión más apropiada para describir el lugar— a las seis y catorce minutos de la mañana. En la barra, dos parroquianos de cierta edad, ataviados con mono de trabajo, charlaban de fútbol mientras daban cuenta de sendas copas de coñac. El que llevaba la voz cantante era un tipo de nariz colorada y barriga prominente, mientras que el otro, más silencioso y apocado, era delgado como un raíl de tren y tenía aspecto de llevar en el cuerpo unas cuantas copas a pesar de lo temprano de la hora. Un joven de menos de veinte años bebía un café con leche también en la barra, concentrado por completo en su teléfono móvil. El propietario del local charlaba desde un rincón del interior del mostrador con un tipo, probablemente un repartidor, que estaba preparando su ruta del día en una de las mesas.

—Hoy tienen que venir los técnicos de la telefónica —le dijo el dueño mientras tecleaba algo en una tablet.

—¿Y eso? —preguntó el repartidor, sin levantar la vista de sus papeles.

—Tengo problemas con la conexión de internet. Lleva días fallando más que una escopeta de feria.

En ese momento, el trabajador obeso interrumpió la conversación y pidió un bocadillo caliente para llevar. Disimulando una mueca de fastidio, a la que no permitió pasar del labio superior, el dueño dejó de escribir en la tablet y, con ella en la mano, se metió en la cocina para prepararlo.

Justo entonces, entró en el local un nuevo cliente. Lo mejor que podía decirse de él es que no pegaba allí, en el bar de un polígono industrial del extrarradio antes de la salida del sol. En realidad, no pegaba en ninguna parte. Se trataba de un sujeto rubio, pálido, de agradables facciones y ojos de un verde intenso, que debía rondar los treinta años. A primera vista, parecía nórdico. Extranjero, en cualquier caso. Vestía un traje azul eléctrico, completamente nuevo y de impecable corte, que le venía quizá un tanto demasiado ajustado. Sus elegantes mocasines negros, embetunados a conciencia, brillaban como espejos y, justo por encima de ellos, asomaban apenas unos calcetines rosas.

Un tipo extraño para aquel lugar, sin la menor duda.

Se sentó en un taburete, en el centro de la barra, junto al chaval del café con leche. Justo después de sentarse, clavó la mirada en el anaquel repleto de botellas que tenía justo enfrente de sus ojos y se quedó en silencio. Esperando… Entretanto, el tipo gordo seguía hablando de fútbol en voz lo suficientemente alta como para ser escuchado desde la calle.

—¿Y qué me dices del que le metió Cruyff a Reina con el talón en el campo del atlético de Madrid?

El recién llegado los interrumpió y, como si no se dirigiera a nadie en concreto, dijo en voz alta:

—El famoso gol que Cruyff le marcó a Miguel Reina, a pase de Carlos Rexach, fue en el Nou Camp, y no en el Vicente Calderón, el 22 de diciembre de 1973.

Sobrevino un silencio de varios segundos mientras todos los presentes concentraban sus miradas en el recién llegado. Él, por el contrario, seguió mirando al frente, ajeno al impacto que habían despertado sus palabras. Al cabo, el trabajador que había hecho el comentario, lo quebró para decir en voz alta:

—Tócate la polla. ¿Quién le habrá dado vela en este entierro al enterado este?

El recién llegado no se dio por aludido y continuó mirando al frente sin inmutarse. Pero el otro sujeto continuó hablando.

—Pero qué calcetines más bonitos lleva el pájaro. Oye, ¿son rosas esos calcetines tan bonitos que llevas, campeón? Mi sobrina de siete años tiene unos muy parecidos.

—¿Se dirige a mí? —preguntó el recién llegado mirando por primera vez a su interlocutor.

—¿Hay alguien más en este bar con calcetines rosas?

—Son de color magenta —corrigió—. El color magenta es un rojo purpúreo, mientras que el rosa es rojo atenuado con blanco.

—¡Ah, coño, es verdad! —replicó, zumbón, el trabajador—. Cómo puedo haber confundido el rosa con el magenta, joder. A ver si soy daltónico y ni me he enterado.

—La protanopía es un tipo de daltonismo dicromático en el que la falta de los receptores provoca que no se puedan identificar las longitudes de onda larga. El rojo parece beige oscuro, así que, si padeciera daltonismo, en ningún caso los vería de color rosa.

—Parece una puta enciclopedia —intervino, asombrado, el repartidor.

—Seguro que se lo ha inventado —dijo el gordo.

—Aunque se lo haya inventado, sigue pareciendo una enciclopedia.

—¿Cuánto son cuatrocientos cincuenta y siete por novecientos setenta y ocho? —le preguntó el chaval, levantando por primera vez la vista de su móvil, al extraño.

—¿Cómo quieres que sepa eso sin una calculadora? –dijo el repartidor.

—Deje que piense.

—Cuatrocientos cuarenta y seis mil novecientos cuarenta y seis —repuso, sin titubear, el interpelado.

—¿Lo ve? —dijo el chaval—. Este tipo es tan listo como esos tíos que ganan un montón de programas seguidos en los concursos de la tele. Lo sabe todo.

—Eso es, una enciclopedia —dijo el gordo, sin disimular su enfado—. Pero seguro que no sabe nada de lo que hay fuera de los libros, seguro que no sabe nada de la vida. —Se dirigió al extraño—. ¿Qué sabes tú de la vida, lechugino?

—La vida comenzó en nuestro planeta hace aproximadamente tres mil quinientos miles de millones de años, como resultado de un compleja secuencia de reacciones químicas que se sucedieron de manera espontánea en la atmósfe…

Justo en este punto de la conversación, el recién llegado enmudeció de golpe. Y no solo dejó de hablar, sino que se quedó quieto. Paralizado en realidad. Como si se hubiera convertido, inopinadamente y por arte de magia, en una estatua. También cerró los ojos.

Y así se quedó, completamente inmóvil y con los ojos cerrados, ante el asombro de los presentes.

Igual que una estatua.

—¿Qué coño le ha pasado? —dijo, para sí pero en voz alta, el gordo.

—A lo mejor le ha dado un derrame cerebral —sugirió el chaval

—No parece un derrame —terció el repartidor.

—¿Un ictus?

—Tampoco parece un ictus.

En ese momento regresó el dueño de la cocina. Llevaba un bocadillo, envuelto en papel de aluminio en una mano, y la tablet en la otra. Depositó el bocadillo en la barra y, sin dejar de mirar la pantalla del aparato, masculló furioso:

—¿Lo ves? Ya se ha vuelto a caer la hijaputa de la wifi. Me tiene hasta los mismos…

Pero todos seguían con los ojos clavados en el desconocido, que no se había movido ni un milímetro de su posición. Entonces, comenzaron a mirarse unos a otros, todavía sin comprender.

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