EL AMIGO

Conozco a D desde la EGB. Puedo decir que él ha sido y será mi único y verdadero amigo. Nuestras vidas han corrido paralelas desde nuestro encuentro inicial hasta… Ahora ya no sé qué pensar. Hemos tenido los mismos gustos literarios, cinematográficos; incluso hemos compartido, durante una breve temporada, la misma novia. Hemos estudiado idéntica carrera profesional y encontrado trabajo en empresas “gemelas”. Ambos somos solteros. Lo único en lo que no hemos coincido es en lo siguiente: D, desde que yo recuerde, ha sido un amante de frecuentar el oscuro mundo de la prostitución; mundo por el que yo siempre he sentido una buena dosis de repugnancia. El comportamiento de D siempre me ha incomodado. D disfruta de alquilar cuerpos, de asistir a orgias, de visitar clubs de alterne,  de intercambiar parejas, etc. Conoce todos los lugares oscuros de la ciudad; lugares que, a pesar de nuestra amistad y de sus propuestas, jamás he pisado ni pisaré. D siempre me ha contado lo que podría calificar de “sus aventuras” en ese turbio mundo. He asistido a sus narraciones con una mueca de disgusto que, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, se trocaba en un gesto de desagrado; desagrado, hasta asco, que a D parecía no importarle.

La última vez que nos citamos en un bar para charlar, D me comentó que la noche anterior  había estado en una sauna y que había conocido a una chica tremenda, una chica que estaba fuera de lo que podría considerarse normal, una mujer que lo  había llevado hasta el  límite,  hasta el éxtasis, hasta perder la noción del tiempo y de sí mismo. Lo miré y negué con la cabeza. Pensé que D no tenía remedio. D me miró, sonrió y me dijo que la chica tenía veinte pocos años, que jamás en su vida había contemplado  un cuerpo tan bello  como aquel. Añadió que necesitaba verla de nuevo, sin falta, lo más pronto posible. Yo, ante su frenesí, seguía negando con la cabeza e intentando que mi mueca de desagrado no aflorara a mi rostro. Ahora viene lo inquietante: D, para finalizar, me narró que mientras estaban haciendo el amor por tercera vez, ella encima de él, la cara de la chica fue mudando, y que su rostro pasó de ser una jovencita al de convertirse en una anciana que lo miraba con ojos inyectados en sangre. Y que esta especie de espejismo lo había excitado sobremanera. Yo, lógico, no supe qué decirle, y callé la certeza de que mi amigo había empezado a beber más de la cuenta. Para finalizar D me dijo que en aquel arrebato amoroso, fuera de todo límite, la chica le propinó un mordisco en la yugular. D, sin darme tiempo a reaccionar, sin siquiera mostrarme el supuesto mordisco, se levantó de la mesa y se marchó. Su últimas palabras fueron: <<necesito verla, colega>>.

Ni supe más de D. A los pocos días lo llamé a su casa y me saltó el contestador; lo llamé a su trabajo, y me dijeron que hacía días que no aparecía; hablé con su madre, y me dijo que no sabía nada y que estaban pensando en denunciar su desaparición. Me dije que no debía perder la calma y que D, más pronto o más tarde, aparecería. Quizá, y era una hipótesis factible, estaba viviendo una loca aventura con aquella chica, que parecía haberlo hipnotizado. 

Hace un par de noches, estaba en mi terraza contemplando la luna llena y fumando un pitillo. Pensaba en D y en qué le había ocurrido, me sentía preocupado, pero intentaba consolarme pensando que D aparecería. De repente vi volar en mi dirección una enorme mancha de color negro, que, envuelta en la luz de la luna, se recortaba inquietante. Como aquella mancha se precipitaba contra mí, lo único que se me ocurrió fue entrar en mi casa y cerrar la cristalera; huí despavorido y, como un nicho aterrorizado, me encerré en la cocina. Acto seguido escuché un golpe secó contra la cristalera. Dejé pasar unos minutos y, muerto de miedo, regresé al salón. En el cristal había una mancha de sangre. Abrí, con el corazón desbocado, la puerta corredera. Ni rastro de aquel horror volador. Sí, era una mancha de sangre. En el suelo, rotas, estaban las gafas de D.

2 comentarios en “EL AMIGO”

  1. Espero por D, que acabe haciéndose amigo de Ismael ( el de su cuento anterior ) que, aunque los vampiros y los licántropos suelen ser grandes enemigos, ( que los licántropos no aguantan el olor de los vampiros ), cuando se alían, forman unas uniones fuertísimas…

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  2. Desde que un amigo me regaló, en edición de Bruguera, Drácula no ha parado mi fascinación por el vampiro. Gracias por su historia. Por cierto, mañana voy a Caixaforum a disfrutar la exposición ellos, si veo a D le daré recuerdos de su parte.

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