LUCES DIVINAS

La noche del mundo está iluminada por luces divinas.

Con este cita del escritor Romain Rolland comenzaba Louis Ferdinad Céline el epílogo de su Semmelweis, biografía del doctor Ignaz Semmelweis, conocido como “el salvador de las madres” y en palabras de Céline, un ejemplo humano “sincero y luminoso”, que pagó primero con su razón y luego con su propia vida el haber alcanzado uno de los mayores y más valiosos descubrimientos de la historia de la medicina.

Leí este libro —que fue la tesis doctoral de Céline al terminar la carrera de medicina—, casi imposible de conseguir a la sazón en las librerías, hace cerca de cuarenta años. Había descubierto a Céline y su Voyage un poco antes y lo adquirí de segunda mano, pagándolo a precio de oro, en una parada del mercado de San Antonio. Pero desde luego que valió la pena la inversión. Lo primero que me llamó la atención del texto, a pesar de los contados datos de la vida del autor francés que conocía entonces, fue el singular paralelismo entre biógrafo y biografiado, parelismo que iba mucho, muchísimo más allá de la profesión común. Parecía como si, por alguna misteriosa razón, al narrar la terrible historia del médico húngaro, el futuro autor del Viaje al fin de la noche estuviera anticipando con inexorable precisión el que que a la postre sería su propio drama vital: la “extraordinaria hostilidad” que despertarían en sus semejantes, hostilidad que conduciría a ambos al desprecio, el destierro y, por fin, al ostracismo más cruel y encarnizado por parte de sus contemporáneos.

A finales de la primera mitad del siglo XIX, Semmelweis, recién investido doctor en obstetricia, entró como asistente en la maternidad del Hospicio general de Viena. Por aquel entonces, una enfermedad llamada fiebre puerperal —un proceso infeccioso grave que afectaba a las mujeres tras el parto y que estaba provocado en gran medida por la falta de la higiene del personal que asistía a estos partos— sembraba el pánico en los hospitales maternales de toda Europa. La mortalidad de las parturientas en el pabellón donde Semmelweis prestaba sus servicios llegaba a alcanzar unas medias superiores al 30%, y no es de extrañar, pues, que las desventuradas mujeres pobres prefirieran dar a luz en plena calle, donde sus posibilidades de supervivencia eran mayores, que en aquel pabellón infernal. El efecto que la inverosímil desolación que reinaba en el recinto causó en un temperamento sensible y excitable en grado sumo como el del joven Semmelweis, lo empujó a imponerse a sí mismo la tarea de combatir la enfermedad. Le confesó a un amigo que el sonido de la campanilla del sacerdote con el viático le resultaba insoportable. “El destino me ha escogido —escribió— para ser el misionero de la verdad en cuanto a las medidas que deben tomarse para combatir y evitar la fiebre puerperal”.

Semmelweis no tardó en advertir que en el otro pabellón de maternidad de su misma clínica la tasa de mortalidad era notablemente inferior que en el suyo. Pasó varios meses analizando las diferencias de procedimiento entre ambos establecimientos, llegando por fin a la conclusión de que la pricipal diferencia —la única, en realidad— era que mientras que en el suyo asistían en los partos los estudiantes de medicina, en el segundo lo hacían las comadronas. Por los demás, los procedimientos, instrumental e instalaciones eran muy semejantes.

Continuando con sus observaciones, y granjeándose con ello el odio de su jefe, compañeros y suborninados, advirtió que los jóvenes estudiantes pasaban de practicar disecciones con los cadáveres a la sala de partos, lavándose las manos solo con agua y jabón o sin lavárselas en absoluto, y sin que en ninguno de los dos casos desapareciera del todo el olor a putrefacción de los cadáveres en sus manos. En cambio, en el pabellón contiguo las comadronas no tocaban cuerpos muertos antes de los partos. Así, pues, el doctor estableció la relación entre las “partículas cadávericas” y la infección. “Son los dedos de los estudiantes los que llevan las partículas cadvéricas fatales a los órganos genitales de las mujeres encinta”, concluyó. Por desgracia su descubrimiento —que, a pesar de sus meticulosas observaciones y su labor deductiva, también tenía su parte de iluminación—, acaecido mucho antes de que Pasteur confirmara que los gérmenes son los causantes de los procesos infecciosos, era imposible de ser explicado satisfactoriamente. Aun así, el doctor instituyó en el pabellón el lavado obligatorio de manos con una solución de cloro antes de practicar cualquier manipulación con las parturientas.

El lavado profundo de manos consiguió que la tasa de mortalidad por fiebre puerperal cayera drásticamente del 30% a un 12%. Poco más tarde, se convertiría en prácticamente nula, por debajo del 1% incluso.

A pesar de este éxito, sus colegas acogieron el descubrimiento que se les ofrecía, más que con desprecio, con odio. Duele pensar los millares de vidas que pudieron haberse salvado de haber sido recibido de otra manera .Pero no fue así. Es difícil hacerse cargo de la saña con que fue atacado el médico, del mismo modo que su teoríasería ridiculizada hsasta la saciedad. Esta “conjura de los necios” rindió pronto sus frutos: primero se le expulsó de la clínica donde trabajaba, y luego el propio Ministro conminaría a Semmelweis a que abandonara la ciudad de Viena “en el plazo más breve posible”.

De regreso en su ciudad natal, Buda (la actual Budapest), se ve obligado a vender la mayor parte de sus enseres para vivir. Envejecido y devastado, acepta un modesto empleo a tiempo parcial en una clínica, empleo que apenas le permite la subsistencia. En ese tiempo redacta su obra capital: La etiología de la fiebre puerperal.

Como le sucede a la mayor parte de estos temperamentos febriles, goza de un último interludio de felicidad antes de la catástrofe final. Semmelweis consigue un puesto de director en una maternidad de su ciudad. Aunque pudiera parecer que las duras represalias que había sufrido a lo largo de su carrera habían minado su entusiasmo, pronto demuestra que la lucha aún no ha terminado. Aprovecha su puesto para escribir una serie de violentas cartas abiertas a los profesores de obstetricia, misivas en las que llegó a tildar de asesinos a quienes se oponían a sus reglas del lavado de manos. Como es lógico, las cartas no ayudaron a su causa.

“Humanamente, era torpe”, señalaría Céline a propósito de su falta de tacto, el mismo Céline que tampoco fue, por decirlo con suavidad, un prodigio de diplomacia y mano derecha.

Emtretanto, su salud se va deteriorando progresivamente; sufre ataques depresivos, y súbitos cambios de humor. Pasa de la risa al llanto sin motivo aparente, y denuncia extrañas conspiraciones en su contra. Paralelamente, sufre un acusado deterioro intelectual y, por fin, la locura quiebra de manera irrevocable su espíritu.

Preso de aterradoras alucinaciones y perseguido por enemigos invisibles, fue internado en un sanatorio. Con respecto al telón final, las versiones difieren. En su biografía del médico, Céline relata que, al ser puesto en libertad en un periodo de calma, entró inopinadamente en el aula de anatomía de la Facultad, agarró un escalpelo con que se estaba diseccionando un cadáver, y tras hundir la hoja en el cuerpo muerto, se practicó a sí mismo un corte profundo que lo infectaría mortalmente.

Es la versión que yo mismo he dado por buena durante la mayor parte de mi vida.

Otra teoría, parece que más próxima a la verdad, sostiene que murió en el sanatorio, no se sabe si a causa de un corte infectado en un dedo o por una paliza que le propinaron los guardias para contenerlo en el curso de un violento arrebato.

Sea como fuere, así, de manera trágica, concluyó la historia de Ignaz Semmelweis, el salvador de las madres, que pagó con el más alto precio el consagrar su vida a aliviar el dolor de los desfavorecidos. No le arredraron al buen doctor el desprecio y el odio que suscitaron en sus contemporáneos las teorías que propugnara, pues era portador del Fuego Sagrado que anima a los grandes hombres a emprender las batallas decisivas sin medir las consecuencias, el mismo fuego que al cabo lo consumiría por completo, pero también ese fuego que todavía hoy, validada su teoría por el inapelable Tribunal del Tiempo, sigue alumbrándonos en la desgracia para ayudarnos a no desfallecer y continuar avanzando aun en la más negra noche.

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7 comentarios en “LUCES DIVINAS”

  1. Me ha gustado mucho la historia, que había oído pero se me había olvidado, y que con lo del coronavirus, los del google doodle la estaban recordando. También la había leído, aunque no tan bien contada, en algún otro blog.
    ¡ Qué pena me ha dado !
    Y, como siempre
    Gracias

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  2. No es que en otro sitio estuviera mal contada, es que era más resumida la historia.
    Pero daba la misma pena del pobre Semmelweiss

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  3. Esta mañana, a las 10, mientras pasaba la aspiradora ; Riiiin el timbre del jardín. ¿Es usted tal y tal ? Le traigo un paquete. Se lo dejo encima del buzón, en cuanto me diga los números de su DNI, que por lo del virus, lo tengo que dejar fuera.

    Acotaciones ¡¡¡ Tachán !!!
    En cuanto he terminado con la casa, ( una pelmada, que ahora , aparte de lo de siempre, hay que lavar continuamente todas las manillas y los pomos de puertas y ventanas, las de lavadora, frigorífico, lavaplatos… juro que lo he hecho a conciencia, pero me ha costado…

    Y, aquí estoy releyendo y disfrutando como si no hubiera un mañana ( que igual no lo hay ).
    Mi germanófilo y mi chico el genio, están intrigadísimos viéndome . Voy a tener que sortear entre los dos quien es el que lee primero el volumen extra. A ver cuando se termina la cuarentena dichosa, y hay alguna presentación del libro y puedo ir a darme a conocer, y a comprar más Acotaciones. ( Aunque las presentaciones tienen la mala costumbre de ser después de las 7 de la tarde, que yo ya estoy para el tinte ) . ¿ La Feria del Libro ?

    Pues nada, que Enhorabuena, y que espero que pronto haya más

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    1. Tenía prevista la presentación, pero, con todo esto, se ha aplazado. De hecho, ha sido el último libro que publicará la editorial, y no siquiera ha podido distribuirse en librerías. Pero, por si difunde, ya sabe, se ouede adquirir por correo sin problemas.

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  4. Enhorabuena por el blog. Lo seguiré interesado si no le importa. Si me permite la osadía, en el 4º párrafo empezando por abajo hay una errata y donde dice Célice ha de poner Céline (creo).

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