CONFINAMIENTO

COTIDIANIDAD

Hoy he pasado por el sitio donde desayuno (desayunaba) todos los días. He entrado por primera vez desde que comenzó todo. La encargada se ha alegrado de verme. De cinco empleadas, me ha contado, se han quedado en dos. “Un ERTE”, aclara. “¿Han cobrado?”, le pregunto. Niega con la cabeza. Pido un café para llevar y me lo prepara como sabe que me gusta. Nos sonreímos por debajo de las mascarillas y me despido. Salgo al sol. Es mi primer café en un mes y está, sencillamente, glorioso. “Quizá sí que saldremos de esta”, pienso, optimista, mientras saboreo ese café.

GALLETAS

Mi prima y yo, con menos de diez años, haciendo entrevistas a los transeúntes en plena calle. Decíamos a los entrevistados que era para un trabajo escolar. Pero mentíamos. Por alguna misteriosa razón nos interesaba saber lo que opinaba la gente sobre diversos temas de actualidad.

Mi prima preguntaba y yo anotaba las respuestas en una libreta.

En una ocasión, una anciana a la que abordamos nos invitó a merendar. Una vez en su casa, nos ofreció galletas con mantequilla y mermelada. Entre galleta y galleta, yo saqué mi libreta y mi prima volvió a preguntarle, muy profesional, sobre la crisis del petróleo.

La mujer se echó a reír.

—La verdad —dijo, sin parar de reír, como si le hubiéramos preguntado la cosa más graciosa del mundo— es que no sé ni una palabra sobre la crisis del petróleo. Ni una sola.

Nosotros tampoco teníamos ni idea del asunto, así que aparcamos la entrevista para otra ocasión y seguimos comiendo las galletas, que eran casi tan dulces como este recuerdo.

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