BANDERAS DE NUESTROS PADRES

Estos días estoy leyendo mucho acerca de los manifestantes que protestan contra la grotesca gestión de la crisis por parte del gobierno de la nación. Dejando para otra ocasión la oportunidad o inoportunidad de dichas manifestaciones, sí me gustaría decir la mía a propósito de las banderas que portan los manifestantes y que tanto parecen molestar a algunos.

Vaya por delante que nunca he sido hombre de banderas. Cuando cumplí el servicio militar, los viernes solíamos celebrar en el patio de armas del cuartel un acto castrense que se denominaba, precisamente, el homenaje a la bandera.

No lo recuerdo muy bien, pero consistía en un desfile alrededor del patio, y creo que también había algo parecido a una misa. Imaginen el panorama… Luego venía el homenaje propiamente dicho. Juraría, aunque no estoy seguro de ello, que en algún momento llegábamos a arrodillarnos ante la enseña nacional igual que cruzados esperando ser armados caballeros por su Majestad. Finalizaba la ceremonia con todos nosotros cantando con ardor guerrero digno de mejor causa el himno de infantería. Y a comer.

Yo odiaba aquello con toda mi alma. Cada minuto se me hacía eterno.

Cuando nadie nos miraba, ya fuera en el desfile o mientras los mandos soltaban sus acostumbradas peroratas inanes, solíamos burlarnos sin piedad de todo aquel montaje. En esas estábamos cuando una vez, un compañero veterano, un tipo bastante enrollado para más señas, me dijo:

—Ya sé que es un coñazo. Pero un día, sin saber ni cómo ni por qué, notarás que te llega adentro —dijo, mientras se daba unos golpecitos en el pecho.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que un día te emocionarás. De pronto todo esto cobrará sentido.

Lo miré detenidamente para ver si me estaba tomando el pelo. Pero si era así, lo disimulaba muy bien.

—¿En serio?

—Nos pasa a todos

Tuve esta profecía muy presente durante los siguientes dieciocho meses que pasé en el ejército, aun mucho después de que el tipo se hubiera licenciado. Pero he de decir que jamás me emocioné. Ni siquiera anduve cerca de experimentar nada parecido. El homenaje siempre me pareció igual, o incluso más absurdo, a cada mes que pasaba. Una mañana arrojada a la basura, como casi todas por aquella época, si a eso vamos.

Viene esta digresión a cuento para significar, como dije, que no soy hombre ni de banderas ni de exarcebados sentimientos patrióticos de ninguna clase. Al contrario. De adolescente me burlaba de ese fervor tan infantil de los yanquis frente a símbolos como la bandera o el himno de su país. Se me antojaba ridículo tal despliegue de pirotecnia emocional por los conceptos que representaban estos símbolos, conceptos que en muchos casos no eran sino abstracciones inasibles. Estaba lejos de imaginar que mi propia tierra, Cataluña, sería a la vuelta de unos pocos años el lugar del mundo con más banderas por metro cuadrado —a quien dude de esta afirmación lo invito a que se dé una vuelta por el pueblo o ciudad de Cataluña que elija con la vista clavada en las fachadas de los edificios y luego me lo cuente— y que cualquier retransmisión deportiva de nuestra televisión pública, aunque fuera un partido de bolos contra un equipo de Murcia, por poner un ejemplo, despertaría en sus locutores un mayor caudal de sentimiento nacional que el desfile del 4 de Julio en los USA.

Por contra, tras la muerte del dictador, lucir la bandera de España, independientemente de en qué parte del territorio nacional te encontraras, se convertía en una especie de ofensa reservada a los descerebrados ultras de algún club de fútbol. En esto la izquierda no se difrerenciaba demasiado de los nacionalistas. Podías mostrar sn problemas la bandera de tu comunidad, la comunista, anarquista, troskista, republicana, la pirata, la arcoris, la de Corea del Norte, la del sindicato de sexadores de pollos, la de los confederados, la de tu grupo favorito, la Union Jack, la de tu club de fútbol, de petanca, de moteros, de amantes de los callos o de los osos panda y eras un tipo cojonudo. Un campeón. Pero, alto ahí, atreverte a que te vieran con la bandera de tu país en tu país equivalía a reconocer implícitamente ser poco menos que un fascista rancio y despreciable.

Dudo que suceda algo semejante en ningún otro país del mundo.

Y en Cataluña —y no hablemos del País Vasco— ni te cuento. Además de convertirte también a los ojos de tus convecinos en un neandertal, llevar la bandera de España por la calle, o colgarla en tu balcón, puede ocasionarte un disgusto. Incluso un serio disgusto si tienes la mala suerte de toparte con los que todos sabemos.

Esto es así.

Por todo ello, por lo menos para mí, la bandera de España hoy en día no es sino un símbolo de resistencia ante la opresión y el pensamiento único. Así de claro. De inconformismo. A fuerza de menospreciarla con saña tantos años y de tantas maneras, ha alcanzado ante mis ojos un valor que jamás imaginé.

Y llegamos por fin a la primera —y hasta la fecha única— vez que he llevado, sin que me obligaran a ello, una bandera.

Fue aquel mágico 8 de octubre de 2017 en el que un millón de personas llenamos el centro de Barcelona para defender la unidad de España. Esa mañana quedé con unos amigos en la plaza Urquinaona y ahí mismo, en un bazar chino, me compré una bandera y me la anudé al cuello. Como sabe cualquiera que estuviera en Barcelona aquel día, la jornada fue inenarrable. El centro de la ciudad lleno a rebosar de gente expresando su derecho a sentirse orgulloso de su país, mientras tipos como Lluis Llach o Pilar Rahola aullaban de raba sin disimulo en las redes y la televisión pública. Veías en las caras de los independentistas con los que te ibas cruzando qué mal llevaban el contemplar, por primera vez en su vida, las sacrosantas Ramblas convertidas en un mar de banderas españolas.

Cuando llegué a casa aquel día, todavía en pleno subidón, escribí esto en mi muro de facebook:

Lo habéis conseguido con vuestra presión asfixiante y la pueril ostentación de símbolos, mitos y ficciones a todas horas. Habéis conseguido que incluso los que llevábamos el sentimiento de pertenencia a una nación como algo eminentemente personal y que, en caso de exteriorizarse, se hacía sin alharacas ni estridencias y, sobre todo, sin ánimo de importunar a nadie, levantemos la voz para pedir que no se nos insulte más. Habéis conseguido que hasta los que siempre hemos pensado que las banderas se llevan en el corazón y no en la mano, las enarbolemos también con un orgullo que ni siquiera sospechábamos poseer. Pero por fortuna, no habéis logrado, ni lograréis jamás, que seamos vosotros.

Justo después de colgarlo, caí en la cuenta de que aquel compañero de armas de los boinas verdes de la COE, aunque con treinta y cinco años de retraso y en un contexto diferente, había acertado en su predicción.

Me había emocionado. O algo bastante parecido.

Vivir para ver,

9 comentarios en “BANDERAS DE NUESTROS PADRES”

  1. ¡ Qué cacho de entrada !
    Me ha emocionado a mí también, que de jovencita tampoco era nada de banderas, y a mí también me chocaba lo de los Americanos, todos con la bandera en su casa.
    Voy a mandar este enlace a todo el que se me ocurra.
    Gracias y
    Un Abrazo

    Me gusta

  2. Buenos días. La emoción llega, vaya si llega. A mi me pasó en una vuelta a casa un poco complicada, cuando La vi desde la sala de espera al lado de la cola del avión de Iberia. “ Ya estoy”, pensé.

    Me gusta

  3. Hola Gómez,

    Llego aquí por un enlace que me ha enviado Viejecita, pero volveré a partir de ahora. Bueno, no prometo nada, que desterrar las viejas costumbres no es fácil, y uno es hombre de inercias y le cuesta cambiar sus rutinas. Pero lo intentaré.

    Estoy muy de acuerdo con lo que comentas, a base de desprecios, la rojigualda se está convirtiendo en un símbolo de inconformismo. Yo tampoco he sido mucho de banderas, pero he leído la suficiente Historia como para apreciar su valor simbólico. Yo sí me emocionaba durante el homenaje a la bandera cuando estaba en el Ejército, y aunque no compartía toda la parafernalia castrense, siempre me pareció digna de respeto.

    En otro orden de cosas, si sigues leyendo el blog del Marqués sabrás (y si no, te lo cuento yo), que he sido nombrado oficialmente sucesor tuyo como personaje con menos sentido del humor del blog, todo un honor. ¿Algún consejo para llevar el cargo con la dignidad merecida?

    Un abrazo.

    Me gusta

  4. Hola, Zeppi. Tranquilo, este blog solo me sirve para agrupar algunos textos que se me van ocurriendo y no tiene vocación de nada. Estoy escribiendo algo largo. Puedo pasar semanas sin actualizarlo. No miro si entra alguien o no.

    Nunca he entrado en ese blog, así que no sé decir. Quizá el zen, el yoga o la. religión ayuden a sobrellevar el cargo. No sé.

    Un abrazo.

    Me gusta

  5. No me intentes quitar el puesto, Zeppi , digan lo que digan otros, ese puesto es el mío. Y me lo he ganado a pulso.
    Lo que pasa es que mi sentido del humor es Aspergeriano, y me cuesta un poco enterarme del de fuera de mi paraguas. Pero tener, sí que tengo. Un poco. Lo malo es que me suelo enterar media hora más tarde que los demás, cuando ya nadie se ríe.
    Ya siento

    Me gusta

  6. Vaya, qué sorpresa más agradable, una lectura con mucho sentido (o sea, todo lo contrario de insensata) y tan bien escrita.
    Encima, he visto por aquí a una querida amiga madrileña. No hay más que decir. Enhorabuena, aquí un amigo.

    Le gusta a 1 persona

Los comentarios están cerrados.