SORDIDEZ

Cobraba el seguro de desempleo, acababa de ganar dos premios literarios –uno de relato y otro de novela corta– en cuestión de un mes, y me creía una especie de Dickens. Escribía y escribía y escribía con la dedicación y la constancia de un adicto a la heroína. La verdad, no hacía otra cosa, y tras esos primeros pequeños triunfos estaba convencido que a la vuelta de unos meses las doradas puertas de las editoriales se abrirían de par en par ante mis ojos.

Mi chica de aquel tiempo, que hasta entonces observaba mi pasión –u obsesión– con una mezcla de conmiseración, fastidio y santa paciencia, asistió asombrada al hecho de que llegaran los primeros ingresos económicos –no muy cuantiosos pero, al fin, tangibles– provenientes de la literatura. Eso la descolocó. Yo no ignoraba que ella odiaba mi vieja máquina de escribir de carro. Hasta entonces su frase favorita al respecto de mi vocación literaria había sido “Pero, ¿por qué escribes…?” No lo entendía, no le cabía en la cabeza por qué perdía lamentablemente mi tiempo escribiendo textos que jamás nadie iba a leer. Y, si he de ser honesto, yo tampoco lo entendía muy bien… Así que una tarde, rompiendo una regla no escrita que imperaba en nuestra relación desde el primer día, se interesó por primera vez en leer uno de mis relatos.

No faltaré a la verdad si señalo de entrada que los principales atributos de mi chica no radicaban precisamente en sus ambiciones culturales. Ella misma, según me había confesado en una ocasión, sólo había leído un libro en su vida, uno que, lo recuerdo bien, llevaba por título Armando la Gorda y que a pesar de mis esfuerzos jamás conseguí encontrar. Por eso me extrañó que una tarde me pidiera permiso para leer el relato –el más corto, eso sí- que había ganado el premio. Hasta la fecha nadie había leído jamás un texto escrito por mí en mi presencia (casi podía asegurar que, exceptuando los jurados de ambos certámenes, tampoco sin mi presencia), de modo que mientras ella leía mis doce folios premiados, yo fingía mirar la tele como si no me importara mucho el asunto; pero en realidad no dejaba de observarla ni un segundo, atento a cada una de sus reacciones.

Al acabar, su veredicto me dejó congelado. Esperaba escuchar una larga perorata en la que viniera a reconocer lo mucho que se había equivocado conmigo y, sobre todo, con mi talento. Sin embargo el contenido del mismo fue poco menos que telegráfico.

–Eres sórdido.

Por unos segundos soñé conque completaría o matizaría la opinión; pero no, verbo y adjetivo constituían toda la opinión: era sórdido.

Con buen criterio renuncié, pues, a ahondar o interesarme por saber si la sordidez era mérito o demérito, aunque algo me decía que no se trataba precisamente de un elogio.

No digo que no fuera cierto, desde luego, pero mi vanidad esperaba algo más que dos palabras, y no de las mejores. ¿Acaso mi relato Noticias del Sepulcro no había ganado el primer premio del certamen literario organizado por el excelentísimo ayuntamiento de L.? ¿Acaso la nota del jurado no destacaba mi talento, ironía y sentido del humor…? Traté de arrancarle una palabra más, pero fue en vano. Como crítica literaria era implacable: “Eres sórdido.” Y punto.

Todavía me pregunto dónde habría aprendido la palabra.

Desde aquel día, la sordidez, la mía, pasó a formar parte de nuestro vocavulario común. Y no solamente la literaria. Volvió a repetirme el “halago” en varias ocasiones más, especialmente en el curso de algún rifirrafe doméstico. Al principio la cosa me divertía, pero al cabo de un tiempo dejé de encontrarle la gracia. Seguro que este hecho no tuvo nada que ver en lo que sucedería con nuestra relación, pero muy pronto los buenos tiempos empezaron a quedar atrás.

Sólo en contadas ocasiones me he tomado la molestia de dejar a las mujeres con las que he compartido mi vida, sabedor de que ellas lo harían por mí cuando llegara el momento. Y cuando el momento se materializó por fin y me vi con mis maletas en la puerta, empecé a pensar –y todavía lo pienso hoy- que en realidad aquellos días de principios de los noventa, avances profesionales aparte, sí que fueron sórdidos: los silencios, las discusiones, el hastío asesino y los vacíos… Que incluso los no pocos momentos de amor y sexo que disfrutamos M. y yo también pagaron al fin y a la postre su inevitable cuota de sordidez. Y en días como hoy todavía iría más lejos y me atrevería a decir, incluso, que la misma vida, algo que empieza con un llanto y termina en una tumba, es la broma más sórdida de todas, aunque es posible que diga estas cosas porque, además de sórdida, yo sea una persona negativa; pero así lo pienso y así lo escribo, y, si bien prometo que el próximo post será más alegre que éste, aquí quedan consignadas estas reflexiones por si alguien más, igual o menos sórdido que yo las quiere leer.