GÓMEZ Y EL ESTETA

El pasado aguarda para darte una buena patada en tus partes cuando menos te lo esperas.

Año 2000 o así Sentado, al sol, en una terraza de la plaza del Sol, en compañía de un editor, su esposa, otro escritor y alguien más. Me van a publicar un libro en breve, y la reunión constituye una parte más de ese movimiento. Hablamos de libros, de escritores, de presentaciones, de críticos y suplementos literarios. Nuestra conversación es brillante y profunda. O eso pensamos los conversadores… De pronto, distingo, a cierta distancia, una figura que me resulta vagamente familiar. Está bastante alejada de donde me encuentro, pero juraría que es él. No puede ser… O sí… Se trata, si la vista y la memoria no me están jugando una mala pasada, del Maxibramato, un chaval al que situábamos de vigía en los viejos tiempos, oculto en la copa de un árbol, para que nos avisara si se presentaban de improviso visitas (uniformadas) que no eran bienvenidas en nuestro parque. La paranoia cotidiana de entonces. Luego le dábamos algo a cambio de sus servicios… Todo aquello pasó en otra vida, desde luego, pero amenazaba con irrumpir en ésta. Lo último que sabía de él es que había ingresado en un psiquiátrico.

Sin la menor duda, es el Maxibramato. Un fantasma, nunca mejor dicho, del pasado, un fantasma con el que no tengo ningunas ganas de encontrarme precisamente aquí y ahora.

Trato de girar la cabeza y ocultarla para que no me vea. Pero es inútil. Estará como una regadera, sí, pero el cabrón tiene vista de águila. No en vano acaba de demostrar que está bien entrenado para otear el peligro antes que nadie desde las alturas.

–¡Gómez! –escucho.

¡Me cago en la puta! Mi primer impulso es el de arrojarme al suelo. O correr. O quizá enterrar la cabeza como una avestruz. Pero no hay escapatoria. En estos casos, nunca la hay. De soslayo advierto que se aproxima con paso decidido hacia nuestra mesa.

A medida que se acerca, me doy cuenta de algunas de las razones que propiciaron su ingreso y posterior estancia en el frenopático. Lleva su rizada melena teñida de un extraño color, a medio camino entre el amarillo y el naranja. Sólo he visto cabellos de esa tonalidad en el circo. Nadie en su sano juicio saldría a la calle con un pelo así… Y luego están los zapatos. En realidad el zapato, pues sólo lleva uno. En el otro pie calza una zapatilla de deporte que no guarda ninguna relación con el mocasín estilo italiano que lo acompaña.

¿Que qué parece mi viejo conocido? Fácil: parece un chiflado recién fugado de un manicomio.

A estas alturas ya he renunciado a la huida. Me preparo para lo peor. El Maxibramato llega a mi altura y, a pesar de que llevamos cerca de diez o quince años sin vernos, me espeta con entusiasmo:

–¡Quince mil vatios de luz y de sonido!

–¿En tu cabeza? –pregunto sin tener ni idea de qué habla.

–No, no. Estoy currando en el montaje de un concierto –aclara. Y a continuación añade una valiosa información no solicitada–: Acabo de salir del talego.

Puedo adivinar las caras de mis acompañantes aun sin verlas. Todos en la mesa han callado, y los imagino poco menos que petrificados. Intento encontrarle la gracia –que la tiene– al asunto, y le digo:

–Vas muy elegante.

–¿Te gusta mi look?

–Mucho. Sobre todo el calzado.

–Es que ahora me ha dado por la estética.

–Se nota.

Por fin rompo a reír. Quizá sea producto de los nervios, pero el caso es que río con verdaderas ganas. La conversación continúa por estos derroteros unos minutos más. Al final me lo quito de encima. Cuando se marcha, tengo muy claro que cualquier explicación que pueda dar a mis compañeros de mesa resultará todavía más patética que no ofrecer ninguna, así que digo lo más coherente ante contingencias semejantes:

–¿Por dónde íbamos?

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1 comentario en “GÓMEZ Y EL ESTETA”

  1. No me canso nunca de estos relatos suyos, Gomez. Por muchas veces que los haya leído, Y suelo ir al Chop Suey a releer viejas entradas suyas, y a disfrutar. Sobre todo ahora, estando cuasi secuestrados en casa, son una ventana a un mundo que no conocía. Como lo son Colmillo Blanco, La Llamada de La Selva, Los tres mosqueteros, La isla del Tesoro…
    Gracias Pues

    PS
    Tengo ya un par de volúmenes de “Acotaciones”, además del que me hicieron mis amigas las encuadernadoras. Pero voy a encargar a Amazon alguno más para regalar, no vaya a ser que se agote la edición enseguida.

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