ESPEJOS PARALELOS

Así, un cuarto con cuatro o cinco espejos colocados al azar carece de toda forma para cualquier finalidad artística. Si a este defecto agregamos el del brillo multiplicado, el resultado es un perfecto fárrago de efectos discordantes y penosos. El hombre más rústico, al penetrar en una estancia así aderezada, advertirá instantáneamente que algo anda mal, aunque sea incapaz de encontrar la causa de su desasosiego.

(Edgar Allan Poe, Filosofía del moblaje)

Al bajarse del taxi, miró dos veces el cartel de la entrada hasta convencerse de que aquél era el lugar indicado:

HOTEL DUQUES DEL INFANTADO

El hecho de que se encontrara en uno de los peores barrios de aquella ciudad, sumado a que la desangelada construcción de ladrillo rojo que albergaba el hotel parecía sacada directamente de una novela de Dickens, convertía ese nombre pomposo en una especie de chiste malo. Es curioso, pero su trabajo le había conducido a lo largo de los años de los lugares más lujosos a los agujeros más inmundos, y siempre, ya fuera en uno u otro extremo de la balanza, por razones que no acertaba a explicarse ni siquiera a posterori. Sin embargo, precisamente en ese desconocimiento se basaban, al igual que sucede con las relaciones humanas o incluso la propia existencia, las razones de su éxito profesional:

No hacerse —ni, sobre todo, hacer a los demás— demasiadas preguntas.

Hablando de preguntas: al registrarse esquivó la única que le formuló un recepcionista aburrido de veintipocos años mientras rellenaba la hoja de registro con su DNI falso:

—¿Qué le trae por la ciudad?

—He venido a fotografiar puestas de sol —dijo con algo parecido a una sonrisa.

O lo que es lo mismo:

Métete en tus asuntos, chavalote.

Desde luego, la habitación venía a ser tal y como había esperado: un cuartucho de mala muerte. Dejó la maleta sobre la cama y, sin deshacerla, se sentó frente a un pequeño escritorio. Encendió un cigarrillo y paseó la vista por la estancia como reconociendo el terreno. Y lo que vio sí que le llamó la atención, pues contó siete espejos dispuestos sin orden ni concierto en las paredes. ¡Siete! Los había de varias formas y tamaños: rectangulares, ovalados, rococó, pequeños, medianos, e incluso uno, de cuerpo entero, de estilo victoriano… Dos de ellos, además, se encontraban, por así decirlo, enfrentados, provocando un efecto visual de su propio rostro repetido hasta el infinito que le impulsó, sin saber por qué, a desviar la mirada. ¿Por qué demonios colgaría nadie siete espejos en una habitación tan pequeña?, se preguntó. Era como si la hubiera «decorado» un chiflado.

Decidió pasar de los espejos y concentrarse en el trabajo. Se preguntó, más a modo de juego personal que como otra cosa, quién sería esta vez su objetivo y qué habría hecho. Nunca tenía ni idea de qué es lo que convertía en víctimas a sus víctimas. Sus pecados, por así decirlo… Y tampoco le importaba demasiado, si a eso vamos. Recibía el nombre y unas fotos del elegido o elegida en algún momento del proceso, una dirección de «contacto» y, a veces, algunas instrucciones adicionales destinadas a facilitar la acción en sí o la posterior huida. Sin más. Incluso ignoraba en absoluto quién había sido su empleador, su «jefe» en la Compañía, a lo largo de todos estos años… Sí que era cierto que el negocio había notado también los efectos de la crisis en los últimos tiempos. En la actualidad, sus colegas de profesión hasta se anunciaban en páginas de internet. A lo mejor realizaban ofertas como las pizzerías: dos por unoshappy hours o despachar a la suegra de regalo por cada encargo. Y trabajaban a precios ridículos. Seguro que unos y otros se arrepentían después, mientras cumplían condenapor sus crímenes…

Le resultó inevitable no pensar en su último trabajo, realizado apenas siete meses atrás: un tipo de casi su misma edad que vivía en un pequeño chalé en las afueras. Todo se desarrolló como la seda: los vigilantes de la urbanización en el bar, el perro sedado, las alarmas desconectadas… Hasta que se encontró cara a cara, en un pasillo, con un tipo atlético que vestía un pantalón de chándal y una descolorida camiseta de los Lakers. Un rostro afable, casi simpático. Por un segundo pensó que no le habría importado tomarse una copa con un fulano así. Aun antes de que lo encañonara con el arma, el sujeto comprendió que le había llegado la hora. No imploró, ni trató de escapar, ni pronunció palabra alguna. Supo… y aceptó. Pero esa mirada lanzada el último segundo de su vida… costaba quitársela de la cabeza.

Aquello le dio a entender que había llegado la hora de jubilarse. Al final, quieras o no, te ablandas, y ése es el momento de dejarlo. Dos, tres trabajos más a lo sumo. Y adiós. Bueno, no tenía plan de jubilación, ni había cotizado a la Seguridad Social, claro; pero había conseguido apartar algo de dinero con los años,y tenía un par de propiedades en el extranjero que le permitirían vivir con cierto desahogo. Además, siempre quedaba la petanca, pasear un perrito o ir a ver cómo levantaban obras en el barrio. También podía comprarse un gorro de artista y ponerse a pintar veredas o componer sonetos a las noches estrelladas…

Esos malditos espejos de la pared tenían que ser los culpables de que sólo pensara gilipolleces esta noche…

En ese momento, alguien deslizó un sobre por debajo de la puerta de la habitación. No era un procedimiento desacostumbrado para recibir instrucciones (mucho más seguro, desde luego, que la tecnología), y por eso se tomó su tiempo antes de recogerlo. Esperó cerca de un par de minutos y se acercó hasta allí, con calma. Sabía bien lo que había dentro aun antes de abrirlo. Rasgó el sobre esperando ver la foto de su próximo objetivo.

Pero fue un nombre, su propio nombre, lo que encontró escrito en el interior del sobre. Nada más. Él era ese objetivo. Lo habían enviado a aquel hotel del quinto infierno sólo para quitarlo de la circulación.

Ese sobre contenía su condena a muerte.

A estas alturas, sabía perfectamente que no había absolutamente nada que pudiera hacer para evitarlo. La nota, sencillamente, era una manera un tanto macabra de expresar una realidad incontestable: fuera por su propia mano o no, jamás saldría vivo de esa habitación. Hasta albergaba el convencimiento de que habrían hecho el ingreso acostumbrado en su cuenta. Renunció de entrada a malgastar el poco tiempo que le quedaba preguntándose cuestiones inútiles como quién o por qué. La paz de espíritu consiste en formularte pocas preguntas.

Se dejó caer pesadamente en la silla. Entonces, curiosamente, se le apareció de nuevo la cara del último hombre al que había asesinado. Allá, todavía con el sobre en la mano, rememoró cada detalle de sus facciones, de su expresión, y lo hizo con una claridad insospechada, como si todo hubiera sucedido ayer mismo y no unos cuantos meses atrás. A continuación, al verla reflejada un millón de veces en aquellos dos espejos paralelos, comprendió que aquella mirada de condenado resignado a su suerte era también la suya propia. La suya.

Le pareció escuchar unos ruidos, apenas perceptibles, detrás de la puerta.

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