DOS TIROS

El otro día hablaban de amenazas de muerte en la red. Estuve a punto de intervenir en la conversación, pues, modestamente, poseo un máster en la especialidad. Quiero decir que en una época bastante loca y mucho más extensa de lo deseable de mi vida no pasaba una semana en mi trabajo –Jefe de seguridad en una discoteca de moda– sin que recibiera varias amenazas –todas ellas, claro, presenciales– de muerte, casi muerte o por lo menos de torturas dignas de la Inquisición. Normalmente las encajaba encogiendo los hombros y dejando caer un resignado “qué se le va a hacer”.

Recuerdo una, especialmente imaginativa, de un veterano que me amenazó con que iba a ocultar “un kilo de costo” en algún lugar del local y luego llamaría a la policía para que lo cerraran. Parecía muy decidido.

Dicho esto, se marchó.

Pero al cabo de unos minutos regresó. Al parecer, había reflexionado sobre la cara que iba a salirle su venganza, y, refiriéndose al hachís que iba a esconder, puntualizó:

–Pero mezclao.

Le invité a una copa.

Pero las amenazas de acabar con mi vida eran, como dije, las más frecuentes. Nada hace soltar tanto la lengua como el alcohol y el saber que no vas a cumplir con lo prometido. La más destacada, empero, sucedió hace ya unos años. Era un viernes por la noche, cerca de las cinco de la mañana. Un Mercedes último modelo aparcó en la misma puerta de mi local. De él se bajaron un tipo elegantemente trajeado y dos prostitutas francesas. Yo no sabía entonces quién era aquel hombre; pero se trataba de un conocido empresario, extranjero para más señas, del mundo de la noche. En ese momento yo me encontraba solo en la puerta. Era la hora de cierre y, con la amabilidad marca de la casa que me caracterizaba, les negué la entrada. El hombre iba, por decirlo de manera coloquial, puesto de coca hasta las trancas, y no se tomó muy bien mi negativa. Intentó entrar a la brava y tuve que detenerlo de manera expeditiva. Discutimos, y la cosa se calentó como los cañones del Navarone. Se mentaron madres y antepasados. Voló alguna mano, es posible que mía… En ese momento el sujeto me amenazó con “pegarme dos tiros”. Y lo repitió varias veces. Como ya he dicho, estaba acostumbrado a fanfarronadas por el estilo, así que a cada nueva amenaza de pegarme los dos tiros de marras, yo le invitaba a hacerlo con entusiasmo digno de mejor causa. Incluso llegué a asegurarle que “me ponía cachondo que me disparasen”.

–Eres muy gallito –me dijo.

–Tuve una infancia sin amor –le respondí.

No era verdad. Mi infancia fue genial, pero solía utilizar esa frase con cierta asiduidad. Ni siquiera sé si era de mi propia cosecha o la había sacado de alguna parte.

Al final apareció gente, con algunos conocidos comunes entre ellos. La cosa se calmó y el sujeto acabó por marcharse, aunque sin dejar de amenazarme con los dos tiros. Situaciones semejantes se daban con frecuencia en mi trabajo, así que supongo que ni siquiera le concedí demasiada importancia al incidente.

Esto, como dije, sucedió un viernes. Al día siguiente el mismo tipo disparó sobre una persona en la puerta de un conocido after hours de la zona alta de la ciudad. ¿Adivinan cuántos disparos le descerrajó?

Dos.

Uno alcanzó el estómago de su víctima. La otra bala, cosas de ese azar que gobierna el universo, se desvió y le pasó rozando la cabeza a un compañero mío que había ido a tomar una copa y, en ese preciso momento, salía del local. Él me lo contó.

Jamás me he equivocado tanto con nadie como con aquel individuo. En todo momento pensé que iba de farol.

No iba a de farol.

Hoy estoy seguro de que estuvo a punto de matarme aquella noche.

Jamás supe ni quise saber los motivos de lo que le llevó a disparar sobre una persona a quemarropa; pero les doy mi palabra de que desde aquel día jamás volví a tomarme a broma una amenaza, por absurda o ridícula que pareciera.

1 comentario en “DOS TIROS”

  1. Como de costumbre, me encanta.
    Y este texto, no recuerdo haberlo leído antes.
    ¿ Va a salir en algún libro nuevo ?
    Por Favor
    Y
    Gracias, claro

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