MI VIDA CON UN PERSONAJE DE CHÉJOV

Mi vida en común con mi particular Olga Semiónovna duró aproximadamente un año y medio. No, mi Olga Semiónovna en realidad no se llamaba  Olga Semiónovna Ni siquiera era rusa. Este nombre lo he tomado de un maravilloso relato de Antón Chéjov titulado Un ángel. Luego les hablo un poco de la auténtica Olga.

Al poco de comenzar a salir con D. advertí que se tomaba un gran interés por las cosas que me gustaban, esto es, por mis inquietudes. Hablo de interés, pero era algo más. Soy consciente de que en toda relación se produce una, llamémosla, transferencia de intereses. Pero lo suyo era otro nivel. No voy a decir que mi vanidad no se viera alimentada con ello; pero pronto advertí aquella pasión adquiría tintes inquietantes. De entrada, a pesar de que ella no era en absoluto deportista, se apuntó, como yo mismo, a practicar artes marciales. Y pronto me di cuenta de que se tomaba las clases con una dedicación espartana.

Aquello me extrañó.

Y lo mismo sucedía con otras actividades. Por ejemplo: a la sazón, servidor de ustedes era gran aficionado al cine de autor. (Pecados de juventud, me temo) Pues bien. A pesar de que ella disfrutaba como nadie con cualquier comedieta ligera al uso, ya fuera Porkys o la última entrega de Loca academia de policía, al cabo de unos meses de relació era capaz de hablar de Fassbinder, Herzog o Bergman con una soltura digna de un crítico cinematográfico.

Aquello me extrañó todavía más.

Un día me enseñó una foto suya de unos años atrás. A pesar de que jamás la había visto montar —o ni siquiera hablar— en moto, en aquella foto posaba junto a una máquina de gran cilindrada.  Y llevaba además una equipación completa —de cuero­ — de motorista. Incluso, no le faltaba un pañuelo de color azul anudado a la cabeza: motera de los pies a la cabeza. A su lado, su novio de entonces. También vestido de la misma guisa y también con pañuelo en la cabeza.

Entonces comencé a atar cabos: mi novia poseía la capacidad de mimetizarse con la persona con que compartía su vida. Era una especie de vampira del alma, en el buen sentido de la palabra.

Se me antojó una cualidad notabilísima. Con el tiempo descubri, por ejemplo, que un novio de adolescencia había sido, por así decirlo, un tipo bastante malote.

Pues ella también había tomado aquellos meses su misma senda peligrosa. Y lo mismo sucedía con el empresario que me había precedido en su corazón. De hecho, cuando la conocí se acababa de matricular en empresariales…

Y aquí enlazo con Olga Semiónovna.

Al principio del relato que les mencioné, Olga, hija de un asesor retirado, se casa con Kukin un empresario propietario de un parque de atracciones. A partir de entonces el parque de atracciones se convierte, no sólo en su único tema de conversación, sino también en el motor de su existencia. No vive ni piensa en otra cosa.

Pero le dura un suspiro la felicidad a la desventurada mujer, pues Kukin fallece inopinadamente al poco tiempo.

Al cabo de unos meses, conoce al encargado de un almacén de madera y, tras un breve noviazgo,  se casa con él. De inmediato, como nos aclara el narrador, “le parecía que se dedicaba a la  madera desde hacía largo tiempo, que en la vida lo más importante y necesario era la madera , y en las palabras «listón, «rollo », «tabla », «tablilla » o «viga» le parecía oír algo entrañable y conmovedor”.

Incluso sueña con la madera. Y cuando alguien le sugiere ir al teatro o al circo ­ — recordemos que no mucho tiempo antes regentaba un parque de atracciones —  ella le responde que “somos gente de trabajo y no estamos para bobadas”.

Como Olga Semiónovna, estoy seguro de que mi novia jamás volvió a vestirse de motera, ni andar por el “lado salvaje” ni, estoy seguro de ello, a seguir practicando full contact, estudiar empresariales o ver una película subtitulada si pudo evitarlo.

Pasaba página con mayor veocidad que nadie que yo haya conocido.

El relato de Chéjov continúa igual. A cada nuevo marido, Olga adopta y hace suyas, incluso superando a su pareja en intensidad y dedicación, las inquietudes o el trabajo de éste. Un poco como aquel personaje de Woody Allen, Zelig, el camaleón humano. Cuando leí, años después de haber terminado con D., el relato de Chéjov, me dije:

—¡Yo he conocido a alguien así!

Mi semblanza puede parecer un tanto cruel. Y no quisiera que fuera así. A pesar de que todo lo relatado sea cierto, aquella mujer tenía grandes cualidades, virtudes que dejaré para otro día. De hecho, la quise con locura.

Sólo la vi una vez más. Fue por casualidad, cuando nos cruzamos en plena calle. Llevaba un maletín y vestía un elegante traje chaqueta. No hablamos mucho, pero adiviné que la persona que ocupaba entonces su corazón debía de ser un ejecutivo o similar.

Les apuesto algo que no me equivoqué.

1 comentario en “MI VIDA CON UN PERSONAJE DE CHÉJOV”

  1. Esas mujeres, que abandonan sus creencias, sus familias, y su pasado, para acompañar a su marido, ya aparecen en La Biblia… Y la famosa mujer fuerte del evangelio, es dura con los demás, y trabaja sin descanso, pero siempre a la sombra de su marido. Lo que es más nuevo, es que esa fidelidad hasta mimetizarse con su hombre, dure tan poco, y salte con tanta fuerza al siguiente. O sea, que hoy día, ya no da buen resultado.

    A mí me parece, que durante un tiempo, a los señores les encanta esa actitud por parte de su pareja, pero que al cabo de un tiempo, se aburren, y les parece que están con una copia de sí mismos, como un reflejo en el espejo, y necesitan estar con una mujer viva, independiente, con sus ideas y sus opiniones propias, con la que poder estar o no estar de acuerdo , y discutir, y ganar las discusiones ( siempre que no se note mucho que “ella” se ha dejado ganar).
    Y que duran más las parejas que se pelean de vez en cuando. Aunque sólo sea por las reconciliaciones.

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