UN DULCE INSTANTE

En esa época trabajo de noche y me acuesto cada día a las cinco, las seis o las siete de la madrugada. Me levanto a eso de las diez de la mañana para ir a ver a S., una abogada que trabaja cerca de mi casa. (Por las mañanas, hasta las once, está sola en su despacho.) Pegamos un polvo y tomamos café, aunque a veces no nos da tiempo del café y nos contentamos con el polvo. Regreso a casa y me acuesto de nuevo. Al mediodía suele dejarse caer por el piso C., mi ex novia, y comemos juntos. La dejo en su oficina, y de vuelta a las sábanas hasta la hora de fichar. Además, colaboro como lector externo para una editorial, así que en el trabajo, si no anda ningún jefe a la vista, leo manuscritos, tomo notas y cuando regreso a casa de madrugada lo paso todo al ordenador. También estoy liado con la que, a la vuelta de unos meses, será mi primera novela publicada. Y ha caído un rayo en mi edificio –entró por la antena colectiva– que ha mandado los aparatos eléctricos que estaban conectados en ese momento a freír espárragos, por lo que estoy sin nevera, sin teléfono y sin tele. Pero siempre me encuentro lo bastante cansado como para ni soñar con ir a reponerlos.

Por esos días empiezo a pensar que moriré joven.

Este mediodía estoy comiendo un bocadillo, en el coche, con C., a la que saco cerca de quince años de edad. Hemos ido a un lugar de Barcelona que me gusta especialmente, en la ladera del Tibidabo, desde donde se divisa una bella panorámica de la ciudad. Hace un día realmente soleado de principios de primavera. Si me fijara en estas cosas, seguro que podría añadir al bucólico cuadro que cantaban los pajaritos en las ramas de los árboles. Pero la verdad es que no suelo fijarme demasiado en los pájaros. Ni en los árboles.

–Mi novio me ha dicho que eras muy viejo para mí –dice C.

–En eso le doy la razón: soy muy viejo para ti.

–Dice también que hice bien en dejarte después de la que me montaste el día de mi cumpleaños.

(Se refiere a un incidente, en el que salí de la cama desnudo, interrumpí la fiesta y eché a la calle, con muy malos modos, a ella y a sus acompañantes porque me despertaron a las tantas de la madrugada)

–Una cosa así sólo la haría un cabrón –añade.

–¿Eso lo dice tu novio o lo dices tú?

–Los dos.

–Yo creo que lo haría un cabrón al que no dejan dormir… Me encanta la tortilla de patata que hacen en este bar.

–¿Volverías conmigo?

–Ni borracho.

–Yo tampoco contigo. Ni borracha.

Continuamos comiendo en silencio, de cara a la ciudad. Es el mismo lugar con el que venía, en los viejos tiempos, con mi vieja pandilla a fumar canutos en el Dyane 6 de uno de ellos. Me siento bien ahí, la verdad es que suelo sentirme bien en cualquier lugar donde no hay otros seres humanos cerca.

De pronto C. se descuelga con algo sorprenderte.

–¿Esperarás a que me haga mayor?

Primero pienso que lo dice en broma, y estoy a punto de echarme a reír; pero al ver su cara me doy cuenta de que no es así. Está esperando mi respuesta, con verdadera ansiedad… La verdad, es un instante muy dulce que me gustaría conservar para siempre. En ese momento, cuando me mira con esa expresión de niñita apenada, me parece que es la primera vez que experimento por ella algo muy semejante al amor.

–Claro –le digo–. Aquí seguiré.

Y ella apoya su cabeza en mi hombro.

Por descontado que no hay ninguna espera, ni por su parte ni por la mía. En realidad creo que es una de las últimas tardes que vamos a estar juntos; pero me parece que a veces vale la pena conocer a ciertas personas sólo para disfrutar a su lado de estos infinitesimales instantes de conexión.

Me temo que no sucede nada más digno de reseñarse aquella tarde: ningún giro sorprendente, ni a la narración ni tampoco a nuestras existencias. Comemos los bocadillos bajo el sol, con la ciudad a nuestros pies, y, al acabarlos, la dejo en su trabajo como de costumbre. Al llegar a mi casa, la cama sigue desecha como la dejé y continúo sin nevera, sin teléfono y sin tele. Tengo tantas cosas por hacer que decido acostarme y no hacer ninguna de ellas. Y la vida, como reza el tópico, sigue, y si lo analizo fríamente llego a la conclusión de que podría ser una vida mucho peor que ésta o, si me apuran, que cualquier otra.

1 comentario en “UN DULCE INSTANTE”

  1. Ya había leído este relato suyo. pero soy de las que disfrutan mucho más reconociendo que conociendo de nuevas, o releyendo lo que ya sé como termina, o como sigue. Cosas de la vejez, supongo, aunque, desde jovencísima, siempre me gustó ir hacia delante y hacia atrás, con movimiento de lanzadera, para que los nerrvioss de no saber lo que iba a ocurrir no me impidieran disfrutar de cada línea de cada capítulo.
    Muchas Gracias, pues

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