IN MEMORIAM

Tal día como hoy, siete de octubre, fallecía en Baltimore Edgar Allan Poe, “envoltura de ser humano” a decir de un contemporáneo que lo trató, y en cuya existencia se alternaron desde el mismo día de su nacimiento, en inexorable cadencia, la desgracia más pavorosa y la concatenación de errores fatales. Inventor del cuento breve moderno, del relato detectivesco o de ciencia ficción, poeta, novelista, ensayista y crítico implacable pero talentoso, los únicos atisbos de felicidad que disfrutó en su vida adulta fueron delante de una cuartilla, siempre en habitaciones miserables, siempre sumido en la pobreza más extrema y siempre con el fantasma de la muerte posado, como su propio cuervo premonitorio, junto a su cabeza y señalando, una tras otra, a aquellas mujeres a las que amó. Poseedor de cuantos vicios y taras pueden lastrar una personalidad, el castigo que tuvo que pagar a los dioses a cambio de ese genio que le insuflaron fue, precisamente, ser plenamente consciente de su desmedida magnitud; donde no alcanzaron las envidias de sus colegas, facilitó él su propio derribo por medio de los excesos y ese orgullo característico de los desesperados que en el fondo no hacía sino enmascarar una patológica e inexplicable fragilidad.

El primer contacto que tuve con sus relatos fue, todavía en la niñez, gracias a una adaptación al cómic para la revista Dossier Negro –ilustrada con maestría, por cierto, por el tío de mi buen amigo y colega Alberto Sierra Agrás– de uno de sus relatos más célebres, El gato negro. Desde aquel día, allá donde yo anduviera y fueran cuales fueran mis circunstancias, sus libros me han acompañado siempre y, todavía hoy, siguen operando un efecto casi mágico en mi ánimo a la que vuelvo a asomarme a sus páginas.

“Que Dios se apiade de mi pobre alma” fueron la últimas palabras que pronunció, justo antes de expirar. Sin embargo, sirvan como epitafio en la tumba del poeta por parte de alguien a quien también cegara en su juventud el “relámpago divino”, las líneas que él mismo escribiera, a propósito de Shelley, en una elogiosa reseña a los poemas de la maravillosa Elizabeth Barret Browning:

“De las ruinas de Shelley […] surgió una escuela –si es que hay que seguir usando ese absurdo término–; una escuela, un sistema de reglas, sobre la base de un Shelley que no tenía ninguna. Innumerables jóvenes, deslumbrados con el reflejo y asombrados con las extravagancias del relámpago divino que centelleaba por entre las nubes de Prometeo, no tuvieron problemas en amontonar sus vapores imitativos, pero en cuanto al relámpago, debieron, por fuerza, contentarse con el espectro, en el que la extravagancia aparecía sin el fuego”.

Descanse en paz su pobre y torturada alma.

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