ARGENTINIERSTRASSE, 39

Estaba lejos de imaginar que aquella tarde del noviembre pasado en que quedamos por última vez, era precisamente eso, la última vez.

Venías de probarte un traje para la ceremonia del premio Gaudí de Honor que te habían concedido por fin. Luego, en el café, me hablarías de la mucha ilusión que te hacía ese –tardío– reconocimiento en tu propia tierra tras décadas de ninguneo. Lucías, como siempre, un magnífico aspecto. ¿Quién iba a pensar en que unos meses después ya no estarías entre nosotros?

Quedamos en el Café de la Ópera, el mismo lugar donde rodaste tu película preferida, la última, muy cerca de nuestro adorado barrio del Raval. Ibas a comprar unas entradas para el Liceo. Te comenté lo mucho que odiaba yo la ópera y me dijiste que tú te habías aficionado al bel canto en Viena, en el curso de un viaje que realizaste en compañía de una chica norteamericana con la que te acababas de casar, a finales de los años sesenta. A raíz de esto me contaste una anécdota relacionada con ese viaje. Nadie me ha contado, nunca, historias como las tuyas. Pero creo que dejaste una de las mejores, de las que mejor ejemplifica tu sentido del humor, para el final.

Escuché la historia, como siempre, embelesado:

El relato arrancaba, sin embargo, unos años antes, en el año 1950, cuando, por alguna razón que él mismo ignoraba absolutamente y que en todo caso ha quedado sepultada por el tiempo, las autoridades españolas ubicaron a varios centenares de niños necesitados austriacos en diversas localidades de nuestro país. Sea por la razón que fuere, el caso es que una niña austriaca de la misma edad que mi amigo –unos diez años– fue alojada en el pequeño pueblecito de la provincia de Lérida, casi tocando con Andorra, donde éste nació y pasó su infancia.

Por lo visto, pronto ambos se hicieron inseparables, convirtiéndose a sus ojos infantiles en algo así como novios. Parte de sus mejores recuerdos de aquella época, ha evocado, son momentos vividos, ya bien en las calles del pueblo o en aquellas montañas próximas a Andorra, junto a aquella niña. Sin embargo, al cabo de un año la estancia de la pequeña finalizó de manera abrupta y hubo de regresar a su país. Antes de irse, le dio a mi amigo su dirección en Viena, una dirección que éste aprendería de memoria y para siempre y cuya mera pronunciación adquirió tintes casi mágicos para él.

Argentinierstrasse, 39.

Pero, con dirección o sin ella, no volvió a saber nada de su amiguita.

Unos veinte años después, convertido en un joven director de cine, realizó aquel viaje a Viena del que hablaba al principio. Una tarde paseaba por la ciudad cuando se dio cuenta de que se encontraba, precisamente, en aquella calle cuyo nombre tantos recuerdos despertaba en su memoria. Caminó hasta el número 39 y, una vez allí y sin saber muy bien lo que hacía, se adentró en el pequeño patio del edificio.

De pronto, una enojada mujerona empezó a gritarle en alemán, preguntándole qué estaba haciendo allí. Se trataba de la portera del edificio. Con dificultad logró explicarle por qué había entrado. Entonces sucedió algo desconcertante:

La portera lo tomó por el brazo y lo arrastró –literalmente– escaleras arriba.

–¿Y qué pasó? — le pregunté.

–Pues, para empezar, la niña medía un metro noventa.

–¿Tanto?

–Sí, sí, no te exagero. Algo increíble.

–¿Y qué hizo al verte?

–Pues no me recordaba.

–¿Qué?

–No se acordaba de mí. Se acordaba del pueblo, de las montañas, de Andorra, de muchos de los vecinos… Se acordaba de de todo menos de mí. Estuvo muy simpática, encantadora en realidad… pero me marché de ahí sin conseguir que me reconociera.

–Igual era otra niña –le dije–. todos los austriacos se parecen.

A estas alturas, claro, los dos ya estábamos riendo con ganas. Era imposible no reír cuando se estaba contigo. Cómo imaginar entonces, por decirlo con Borges, que pronto me iba a separar de ti el río Aqueronte, el Insuperable. Qué mierda todo. Qué puta mierda.

2 comentarios en “ARGENTINIERSTRASSE, 39”

  1. Me requetechifla la historia, que, para mí, es totalmente nueva.
    Y más aún me gusta, porque no tengo ni idea , ( vejestoria ignorante que es una ), de quien pueda ser en realidad el protagonista…
    ¡¡¡ Bravo, y Gracias !!!

    Me gusta

  2. Me ha podido la curiosidad, he ido a San Google, y ya he encontrado al protagonista, recientemente fallecido. Lo siento de veras

    Me gusta

Los comentarios están cerrados.