PELÍCULAS, NIÑOS, OSITOS

Me acababa de separar y, entre otros muchos problemas que se amontonaban en mi devenir diario como ropa vieja, me encontré con el de qué hacer las tediosas, mortecinas, eternas tardes de domingo en compañía de una niña de cinco años. Hasta entonces yo pensaba que los niños pequeños eran una especie de entes autónomos, capaces de regularse prácticamente por sí solos; pero descubrí que además de los cuidados básicos más obvios también precisaban conceptos casi abstractos como esparcimiento o diversión.

Ahí es donde el cine, una vez más en mi vida, vino en mi auxilio.

Para el debut procuré ir sobre seguro. Para empezar, escogí minuciosamente la película: Shrek 2. Teníamos la primera de la saga en DVD y a la niña le encantaba. Incluso, ya que estábamos, era posible que también me gustara a mí. El estreno, por tanto, no podía fallar. Así, pues, tras comprar un barril de palomitas y sendos refrescos, nos dispusimos a disfrutar del entretenimiento que tantas puertas iba a abrirnos. Llegó por fin el momento mágico en que se apagaron las luces y mi hija, embargada como yo mismo por la emoción, me susurró al oído…

–Me quiero ir a casa.

Todavía no sé qué ocurrió, pero sí sé que no hubo manera de convencerla. Aguantamos en el cine apenas unos segundos. Ahí, en nuestras vacías butacas, se quedaron palomitas y refrescos como mudos testigos del rotundo fiasco.

Pero lo volví a intentar unos meses después, y esta vez con éxito. La película de los domingos –alguna vez de los sábados– y fiestas de guardar se convirtió en un ritual casi obligado para nosotros. Os juro que vi cosas que no creeríais jamás: vi películas protagonizadas por abejas; hormigas; moscas; pájaros; todo tipo de animales del bosque, la sabana africana, el ártico o la selva; por robots, bólidos o monstruos… Soporté películas de Barbie, de princesas, de Bob Esponja… Soporté una cosa titulada La telaraña de Carlota para la que carezco de adjetivos… Todo ello mientras el mundo entero se derrumbaba a mi alrededor y yo pensaba en abogados, pisos, cenas, danoninos, actividades extraescolares, divisiones de bienes, facturas, etcétera…

Una de las primeras películas, especialmente imposible de visionar sin experimentar ganas de no haber nacido, fue de Winnie the Pooh. Yo había estado toda la noche enfrascado en actividades extraescolares y a los dos minutos de haber comenzado el filme me quedé tan dormido como el bueno de Winnie después de comerse dos tarros de rica miel en el Bosque de los Cien Acres. Entonces, mi hija, preocupada porque su progenitor se perdiera tantos saltitos, juegos, canciones, exclamaciones y sentimientos desbordados, me dijo en voz más alta de lo deseable en una sala de cine.

–¡Papi, no te duermas!

Todo el cine se echó a reír. Aquélla fue una risa solidaria, comprensiva, una risa de camarada que venía a significar: “¡Vaya, el primero ha caído pronto!¨

Pero poco a poco las películas, y también mi propia vida, fueron mejorando. Hasta dejamos atrás las de dibujos y –¡gracias, Indiana Jones!– pasamos a las no animadas. Un domingo le pregunté a mi hija qué íbamos a ver y me dijo que iba a ir al cine con sus amigas.

Y nunca más fuimos juntos.

Para entrar mi gimnasio tengo –tenía, hasta hace tres semanas– que pasar por la taquilla y el vestíbulo de ese mismo cine donde vi películas tantos años con mi hija. Cuando entreno en fin de semana no puedo evitar fijarme en los padres solos con niños pequeños, sobre todo en los que adivino más agobiados. Son mi gente. A veces creo que hasta podría decirles, con la mano en el hombro, que tranquilos, que las cosas, por imposible que parezca, acabarán por arreglarse y hasta es posible que un día, como un Jack Kerouac cualquiera, sientan una punzada de nostalgia al rememorar la pelìcula de Winnie the Poo y el elefantito , sí, pudiera ser que hasta echen de menos como yo mismo a ese osito cabrón.

6 comentarios en “PELÍCULAS, NIÑOS, OSITOS”

  1. Está la teníamos en un DVD con muchas otras historias cortas de Dieney y había que rebobinar constantemente. Podíamos verla tranquilamente diez o doce veces en una tarde. Luego se les pasa y quizá ellos ni se acuerdan.

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  2. Pues yo a Winnie the Pooh lo conocía de pequeña por los libros, que los tenía todos. Y vque les pasé a mis hijos de pequeños. Pero en mi infancia no había televisión, y en la de mis hijos tampoco ( no tuvimos aparato en casa durante años ), así que para ver películas de dibujos había que ir al cine. Y yo les llevaba a ver lo que me hubiera gustado a mí : Peter Pan, Cenicienta, El Libro de la Selva, pero, sobre todo, las de vaqueros y las de piratas.
    Ahora tengo muchas en DVD, para mis nietos , y, afortunadamente, han heredado mis gustos, así que, de películas de ositos , nada. Sí que vemos correcaminos, coyotes, y panteras rosa.

    Eso sí, Raíces Profundas, My Darling Clementine, Murieron con Las Botas Puestas, El mundo en sus manos… ya nos las sabemos todos de memoria de tantas veces como las hemos visto juntos.

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