EL CAMINANTE Y SU SOMBRA

En los boinas verdes era topógrafo. Escogí esta especialidad por una razón, nunca mejor dicho, de peso, a saber: porque en las marchas, en lugar de radios, lanzagranadas, ametralladoras u otros artefactos más o menos pesados, sólo había de cargar con el plano. Sin embargo, a pesar de las clases de orientación que recibí y las muchísimas jornadas vividas en la montaña, sigo siendo capaz de perderme yendo del salón a la cocina de mi casa. Una vez tuve a mi patrulla caminando en círculos toda la noche por un valle. No nos dimos cuenta de lo que pasaba hasta que amaneció. No sé cómo mis compañeros no me asesinaron ahí mismo.

El caso es que, aprovechando el tiempo primaveral, me he levantado a las cinco de la madrugada para disfrutar de una jornada en la montaña. A las once de la mañana, tras unas horas dando vueltas sin demasiado sentido por parajes recónditos, me he dado oficialmente por desaparecido. Por fortuna (eso he pensando al verlo) ha acertado a pasar por ahí un señor, próximo a los setenta años, con todo el aspecto de ultramaratoniano. Llevaba, además de un equipo completo de esos que cuestan una pasta, una especie de transmisor de radio en el brazo. Y un mapa en su mano.

Le he preguntado cómo llegar a mi destino.

–¡Hostia puta! –ha exclamado, para mi sorpresa, llevándose las manos a la cabeza.

–¿Que pasa?

–¡Joder, hay centenares de bifurcaciones hasta allí! ¡Centenares! –ha repetido, elevando cada vez más la voz y verdaderamente enfadado–. Te vas a perder. Seguro.

–La verdad es que ya lo estoy.

–¿No llevas nada?

–El móvil –he dicho tímidamente

–Eso aquí no te servirá de nada –ha sentenciado en tono fúnebre.

Tan negro me lo ha puesto, que de pronto me he visto a mí mismo devorado por osos, lobos u otras alimañas. Pero entonces me he dado cuenta de que estoy a tres cuartos de hora de la ciudad, y no en los Alpes o el Mato Grosso. Si las cosas se ponen muy chungas, hasta puedo telefonear a mi madre para que pida ayuda.

Entretanto, el hombre despliega el plano y empieza a pasar su dedo por encima.

–Tienes que dejar atrás la Font de [no sé qué], luego subes el Turó de [no sé cuántos],.. Bajas por la derecha, siempre a la derecha, no te muevas de la derecha…

–Mientras habla, dobla y desdobla el plano de manera compulsiva, su dedo recorre, arriba y abajo, distancias imposibles. Pronto me doy cuenta de que se trata de un chiflado y renuncio a hacerle ningún caso. Me limito a asentir a todo lo que dice con la cabeza procurando que no se ponga violento.

–Llegarás al Turó de… ¡Coño, dónde estamos! –me pregunta, perdido.

–Al otro lado del plano –le digo con un hilillo de voz, mientras él vuelve a doblarlo y ponerlo al revés.

En ese momento pasan por ahí dos chicas. Siento la tentación de dejar a mi buen samaritano y seguirlas. Ellas ven cómo el hombre agita el plano como un poseso mientras farfulla indicaciones inconexas sobre fuentes y montañas y yo digo que sí a todo como un idiota. Las oigo descojonarse de risa antes de desaparecer de mi vista.

El hombre se cansa por fin y, tras agradecerle su ayuda, sigo mi camino, cualquiera que sea éste. Él toma el sendero de arriba y yo continúo por donde iba, aunque más perdido que antes. Cuando está a bastante distancia me grita, señalando su mapa:

–¡Cómprate uno de estos!

–Lo haré –le digo.

Todo esto ha sucedido hace horas. Escribo estas líneas, en un claro del bosque, temiendo lo peor. Voy a empezar a racionar las barritas energéticas y el agua. Me disparo una foto para que me recordéis tal como era poco antes de desaparecer de escena. Si no regreso, mi mensaje para el mundo es que mi vida ha sido absurda de cojones y que leáis a Kurt Vonnegut. Y ya.

2 comentarios en “EL CAMINANTE Y SU SOMBRA”

  1. ¿ Kurt Vonnegut, por qué ?
    Puestos, prefiero leer a otros escritores muertos.
    Y entre leer a Vonnegut ( al que leía cuando estaba vivo ), y leer a Gomez, bien vivo, y bien joven ( esa foto, a no ser que esté muy retocada, lo demuestra ), toda la vida leer a Gomez. Así que, si sigue perdido en el monte, llame corriendo a su madre, y que mande un perro de esos para que le rescate.
    Y vuelva pronto con otro libro, o, por lo menos, con nuevo texto.
    Por Favor

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  2. PS
    Alguien ha tenido que sacar la foto, que las fotos que uno se hace con el movil son de mucho más cerca, uno de los brazos del fotografiado tiene que sujetar el móvil, y el fondo se ve borroso. A no ser, claro, que hubiera salido de marcha, con cámara de fotos, trípode alto, y disparador con temporizador… Y eso ya hubiera sido otra cosa.
    Mucho más Martin Amis que Vonnegut
    Ya siento

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